Jueves, 04 de diciembre de 2014

Por Rafael M. Martos

Como en aquella etapa preconstitucional, España vive en estos momentos una situación en la que se manifiestan las llamadas “tensiones territoriales”, lo que no es más que un reflejo de que históricamente el asunto no está resuelto.

En realidad los andaluces somos los responsables de lo que está ocurriendo en Cataluña en la actualidad. Nadie nos ha perdonado que rompiéramos el esquema que estaban pergeñando la UCD y el PSOE junto a los nacionalistas vascos y catalanes, aquellas dos españas que querían hacer, colocando en una a dos regiones privilegiadas y con poderes autónomos, y colocando en otra el resto.

Cuando el 4 de diciembre de 1977 los andaluces nos echamos a la calle de punta (Umbría) a cabo (de Gata), aún faltaba un año para que la Constitución fuera sometida a referendum, y fue el ahora o nunca. Al grito de “Andalucía Autonomía” las calles se llenaron de verdiblancas, esos colores que por primera vez ondearon en la Alcazaba de Almería (una verde bandera que con la aurora blanca se ha hecho un cinturón, según recitaba Abu Asbag) y la cantó el granaino Carlos Cano, y eso provocó que se diera la vuelta a todo para que, lamentablemente, todo siguiera igual.

La Constitución iba a contemplar nacionalidades (una incorrección lingüística transacional para no llamarlas naciones) y regiones, unas con poder político real y efectivo, y las otras como meras administradoras descentralizadas. El 4D provocó reconsiderarlo todo, y se creó un artículo-trampa en la Constitución por el cual las “regiones” podrían acceder a la autonomía plena haciendo una referendum que debía obtener un resultado de mayoría absoluta sobre el censo electoral en cada una de las cirunscripciones. Eso sí que era misión imposible...

Andalucía fue el único territorio que había expresado su interés por equipararse a las otras dos, pero el artículo era válido para todas. Sólo a Andalucía se la hizo pasar por ese trance, y a las demás se les regaló lo que a nosotros nos costó sangre como la de Caparrós, sudor de los muchos andaluces que desde Cataluña o Madrid pelearon por su tierra como nunca más lo han hecho, y lágrimas, cuando en las pizarras comenzaron a verse los resultados.

A pesar de aquello, ganó Andalucía. Y ganó Andalucía especialmente gracias a lo ocurrido en Almería, que supuso a la postre que quienes querían doblegarnos acabaron doblegados. En esta provincia los síes fueron diez veces más que los noes, pero es verdad que se quedaron a poco de superar el 50% del censo que exigía la Ley. Era una evidencia incontestable que los almerienses, como el resto de los andaluces quería la autonomía plena (eso, y no otra cosa es lo que se preguntaba) y habría sido radicalmente injusto y antidemocrático que los abstencionistas hubieran sido quienes decidieran el futuro de toda Andalucía (no sólo de Almería).

La situación que se dio en Almería obligó a una reinterpretación de la Ley para hacer viable lo que querían la mayoría inmensa de los almerienses, que no era otra cosa que lo mismo que la mayoría inmensa de los andaluces. Si lo ocurrido en Almería hubiese sido distinto, hubiéramos ganado, sí, pero aceptando las reglas del Estado, y de esta manera pasó lo contrario: ellos tuvieron que cambiar para dar respuesta al clamor de la calle.

Que Andalucía obtuviera la autonomía como “nacionalidad histórica” no gustó a vascos y catalanes, incómodos en unas Cortes Generales con quienes sus líderes espirituales siempre han denostado (basta leer textos de Jordi Pujol o Sabino Arana, o el modo racista en que Xabier Arzallus hablaba de Felipe González).

El concepto “nacionalidad histórica” se le atribuía a vascos y catalanes por el hecho de haber tenido poder propio en la II República, algo que no cumplían los gallegos, cuyo texto se estaba estudiando en las fechas en que se alzaron en armas los golpistas del 18 de Julio de 1936. Andalucía también estaba ahí, y los Centros Andaluces estaban remitiendo a Madrid el documento que había sido elaborado en asambleas por todo el territorio.

Pero si a ese hecho no se le ha querido prestar atención, recuérdese que ya en 1883 fue desarrollada la Constitución Federal de Andalucía que comenzaba en su primer artículo diciendo “Andalucía es soberana y autónoma; se organiza en una democracia republicana representativa, y no recibe su poder de ninguna autoridad exterior a la de las autonomías cantonales que le instituyen por este pacto”.

Todo esto fue rescatado 1918 para la Asamblea de Ronda, en la que participaron almerienses de Adra, Almería, Garrucha, Pulpí, Roquetas, Serón, Viator... O el Manifiesto de la Nacionalidad en la que abiertamente se dice “declarémonos separatistas de este Estado que con relación a individuos y pueblos, conculca sin freno los fueros de justicia y del interés, y sobre todo los sagrados fueros de la libertad; de ese Estado que nos descalifica ante nuestra propia conciencia y ante la conciencia de los pueblos extranjeros”... texto asumido en nuestro actual Estatuto.

Obviamente nada de esto se enseña en las escuelas andaluzas, donde parece que Andalucía nació un 28 de febrero vestida de faralaes y con el puño y la rosa en la mano.

Por Rafael M. Martos

Director de Noticias de Almería.com





Publicado por anin77 @ 9:39  | 4 de Diciembre
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