Jueves, 30 de diciembre de 2010

?

La vega de Granada se extend?a como un manto de brocado verde con las arboledas de cipreses, higueras, olivos y frutales pespunteando lindes y acequias.
?

A?o 1487. Los ej?rcitos del rey Fernando inician la conquista. Se avecina la ca?da de Granada, donde 100.000 almas disfrutan de sabidur?a y bienestar. JUAN ESLAVA GAL?N recrea en su ?ltima novela la vida diaria de la capital nazar?, cuna de artesanos y cient?ficos, repleta de zocos, palacios, jardines y bibliotecas.

Fuente: Juan Eslava Gal?n


El mercenario de Granada (2006)

La vega de Granada se extend?a como un manto de brocado verde con las arboledas de cipreses, higueras, olivos y frutales pespunteando lindes y acequias. Como dispersos por la mano de un sembrador, negras norias y blancas almunias alegraban el paisaje. Los hortelanos preparaban las sementeras de la primavera. El agua de los surcos y las regueras espejeaba al sol. Al fondo como una cinta rojiza aparec?an las murallas de Granada. Detr?s de ellas, los tejados rojos y las azoteas blancas de las mezquitas y los palacios. La Alhambra se recortaba sobre la blancura deslumbradora de la Sierra Nevada.

??Granada! ?exclam? Orb?n?. En Oriente dicen que hay tres ciudades en el mundo: Estambul, Jerusal?n y Granada.

Siguieron el camino que conduc?a a la puerta de Elvira, entre dos tapias que delimitaban, a uno y otro lado, un gran cementerio. La medina se extend?a por el llano y por el monte Albaic?n.

Desde su residencia, aquella tarde, Orb?n e Isabel admiraron la belleza de la ciudad que se extend?a a sus pies.

Poco despu?s apareci? Al? el Cojo con una cestilla de bu?uelos calientes. Mientras desayunaban contemplaron el avance de la luz sobre la colina de la Alhambra, a medida que el sol remontaba.

?La perla de Al-Andalus ?dijo Al? el Cojo?. Para algunos, la ciudad m?s bella del mundo. El para?so en la tierra: la ciudad rodeada de f?rtiles vegas en las que manan cien fuentes. Dos r?os importantes la recorren, el Darro, de arenas aur?feras y el Genil cuyas aguas endulzan los membrillos y las granadas. En la ciudad viven m?s de cien mil criaturas: artesanos, hombres de ciencia, caballeros peritos en la guerra. Hay cuatro cercas que delimitan cuatro ciudades y doce barrios, cada uno con su zoco y su mezquita mayor, con sus ba?os, sus fondas y sus hornos p?blicos, sin contar los palacios y las casas de ciudadanos pudientes que tienen tambi?n ba?os y jardines, doce puentes sobre el r?o Darro, ocho sobre el Genil.

Orb?n e Isabel miraban aquel esplendor.

?All? el cementerio de la Sabika ?se?alaba Al? el Cojo?, el valle de Nachd y las alturas de al Faharin, que terminan en el r?o Genil; aquella es la alcazaba de los jud?os y la medina, aquellas las c?pulas de la mezquita mayor, las de m?s all?, pespunteadas de lumbreras en forma de estrella, son las de los ba?os de Sautar; los tejadillos parejos son los de la madrasa, donde los maestros esparcen las perlas del conocimiento, y la alcaicer?a, cruzando el Darro con sus puentes, la posada de al Jadida; a la derecha, la alcazaba antigua, al otro lado del valle del Darro.

Orb?n levant? la mirada hacia los muros rojos de la Alhambra, tan inaccesibles como si colgaran del cielo. ?All? arriba, en las torres del mexuar se supone que manda Boabdil el desventurado ?prosigui? Al? el Cojo?, pero eso es una mera ilusi?n. La que manda es su madre, Aixa la Horra. Desde su palacio del Albaic?n, Aixa abarca la Alhambra, env?a y recibe correos, visita a su hijo o a su nuera. Su nuera, una pobre mujer flaca de esp?ritu, es hija del fiero Aliatar, pero no ha heredado la fiereza de su padre. Algunos viajeros discuten si Granada es m?s bella que Constantinopla ?Qu? te parece a ti, que conoces las dos?

?Cada ciudad tiene su gracia ?respondi? Orb?n evasivo?. Pero me parecen las dos igualmente sublimes.

Los juglares cantaban las haza?as de los campeones del islam y hablaban de cabezas infieles cortadas, de escuadrones de cristianos puestos en fuga por un solo adalid, de haza?as dif?ciles de creer que entusiasmaban a las entregadas audiencias de los zocos y mercados. Muchos jovenzuelos, fascinados por los relatos militares, ingresaban como muhaidines deseosos de alg?n destino fronterizo desde el que contribuir a la derrota de los cristianos.

Otros informantes m?s cautos, los trajinantes, tra?an noticias menos optimistas y hablaban de razzias y espolonadas de don Alonso de Aguilar y del alcalde de los Donceles, caudillos temidos que asolaban la tierra y cautivaban pueblos enteros.

Pero ya corr?an otros tiempos. Granada estaba atestada de refugiados que lo hab?an perdido todo, muchos de ellos partidarios de El Zagal que consideraban a Boabdil un traidor vendido a Fernando. Los muhaidines, exasperados por las derrotas y fanatizados por las predicaciones de los alfaqu?es abarrotaban calles y plazas sin otro menester que rezar cinco veces al d?a, rivalizando por presentar el mayor callo en la frente. El resto del tiempo murmuraban contra el gobierno.

As? lleg? el verano. Fernando e Isabel atend?an al gobierno de sus estados y no ten?an prevista una nueva campa?a. En Granada, las decenas de miles de refugiados a los que los cristianos hab?an expulsado de sus tierras se sumaban a los halcones que deseaban derrotar a los cristianos y recuperar lo perdido.

?No aguardemos a que los cristianos reaccionen. Ahora est?n exhaustos este es el momento de atacarlos?, se?alaba el Zegr?.

Lo mismo opinaban Al Hakim, Abul Has?n, Abu Zal? y otros capitanes de la frontera, hombres belicosos que se sent?an humillados por las armas cristianas. Boabdil cedi? a tantas presiones y permiti? que sus capitanes atacaran varias fortalezas fronterizas. Los campeones compet?an entre ellos arrasando alquer?as y castillos cristianos, cautivando reba?os y campesinos, masacrando guarniciones. Regresaban triunfantes a Granada, los guerreros exhibiendo cabezas ensartadas en lanzas o collares de orejas enemigas. El pueblo los aclamaba entusiasmado, roncas las mujeres de ulular. Boabdil los recib?a en la Alhambra y los colmaba de regalos. El mensaje estaba claro. Granada y Castilla estaban en guerra. Fernando declar? fel?n a su vasallo Boabdil y se lo notific? en un pergamino con sus sellos.

Desde las murallas se divisaban las polvaredas de la caballer?a y los escuadrones de peones cristianos. Mientras los almog?vares y los adalides recorr?an el territorio y saqueaban las almunias, los cavadores y vivanderos instalaban el real en los Ojos de Hu?car, en El Gozco, a una legua de Granada, en medio de la vega. Brillaban a lo lejos, en la oscuridad de la vega, docenas de puntos de luz, las hogueras cristianas. Desde las almenas y azoteas de Granada la poblaci?n contemplaba fascinada aquel ilusorio firmamento que, de pronto, rodeaba su ciudad. Las hogueras se extend?an hasta el horizonte, como si una gran urbe hubiera crecido de pronto donde unas horas antes s?lo hab?a surcos y sembrados. La tristeza se aloj? en los corazones de los m?s prudentes junto con la certeza de que aquello prefiguraba el final de Granada.

Mientras el consejo del reino deliberaba en el mexuar, Mohamed el Pequenni, el alfaqu?, ascendi? penosamente las pinos pelda?os de la angosta escalera de caracol que conduc?a a la azotea del minarete de la mezquita mayor, el punto m?s alto de la medina.

De pronto el Pequenni fue consciente de que probablemente aquella era la la ?ltima vez que sub?a aquella escalera y la ?ltima vez que dirig?a los rezos en la mezquita de cinco naves donde los musulmanes granadinos hab?an elevado sus preces mirando a la Meca durante varios siglos.

??Todo comienza y todo acaba, por voluntad de Al?! ?murmur?.

Termin? la ascensi?n y sali? al balc?n circular que coronaba el minarete. All? arriba soplaba un viento fr?o procedente de las nieves. El muec?n contempl? la hermosa vista de Granada, el panorama de rojos tejados y verdes c?rmenes que se divisaba desde aquella altura. En el aire helado respir? los aromas de la ciudad confundidos con los de la vega, olor a agua regando verdores, a humo de asadores de casta?as, a oto?o.

?En el nombre de Al?, el clemente, el misericordioso... ?murmur? para s?. Tosi? para aclararse la voz. Para ?l Granada era el centro del mundo y desde luego el centro del islam. En la biblioteca de la mezquita ten?a cuando pod?a desear, mejor que si estuviera en Fez o El Cairo o Bagdad. Y ahora todo pod?a perderse, todo iba a perderse, por el signo aciago de los tiempos. Fernando le hab?a prometido a Boabdil un ducado en una reserva musulmana en las Alpujarras, pero ahora que Boabdil vulneraba el compromiso, Fernando se considerar?a eximido de cumplir los acuerdos. ?Qu? porvenir les esperaba a los vencidos? ?Regresar a ?frica, al desierto pedregoso del que salieron sus padres, los conquistadores de Al-Andalus, veinte generaciones atr?s? Mohamed el Pequenni conoc?a lo que era el Magreb, la vida, primitiva; la tierra, pobre; los caminos, inciertos; las ciudades, polvorientas; el gobierno, tir?nico; tapias derruidas con cuadrillas de vagos malencarados vegetando a la sombra. ?l, acostumbrado a las comodidades y a las bellezas de Granada, no se acomodar?a a vivir all? la enfadosa vejez. ?Quedarse en Granada? Quiz? en la corte de Fernando hubiera un resquicio para ?l, de secretario de cartas ?rabes, de trujam?n, de cal?grafo. Envidi? a su padre que naci? y muri? en la ciudad sin sobresaltos, dedicado a sus libros, consultado por los gobernantes, respetado por el pueblo. Al? le deparaba a ?l estos tiempos tan turbios. Sea su voluntad.

Y Granada cay?. El 2 de enero ondearon los pendones de Castilla en la torre mayor de la Alambra.

?Los cristianos se han quedado con cuanto hab?a de valor, pero de las personas no abusan ?explic? J?ndula?. Fernando ha pregonado castigos para el que agreda a un musulm?n. Ahorcan a los soldados borrachos y a los violadores. Parece que todo eso lo ten?an acordado secretamente con Aben Comixa y con el visir. No obstante, la gente se f?a poco de ellos y teme que despu?s de la euforia del triunfo reconsideren la situaci?n y exijan m?s. Por lo pronto los ricos y todo el que ten?a algo ha hecho el petate y se ha ido. Los caminos est?n llenos de fugitivos. Unos van a ?frica y otros a las Alpujarras. Los abencerrajes y los notables se han quedado en Granada, con sus casas y sus cuadras intactas. Muchos se convierten al cristianismo y los reyes les confirman sus bienes y sus fincas. A otros les dan heredamientos para compensar las villas y las prebendas que pierden. Al final todo fue un enjuague: vendieron Granada a los cristianos y el ?nico que ha perdido es el pueblo. ?Recuerdas la multitud de muhaidines deseosos de alcanzar el martirio? Pues se ha evaporado como el roc?o matinal cuando sale el sol.

Juan Eslava Gal?n

Escritor: And?jar (Ja?n - Andaluc?a) 1.948

?

?


Publicado por anin77 @ 13:48  | Colaboradores
 | Enviar