martes, 12 de febrero de 2008

Publicado por adm.LA @ 18:16


LA NATURALEZA ANDALUSÍ

La vida de un pueblo no se mide sólo a través de sus logros artísticos y científicos, sino, sobre todo, desmenuzando el día a día, sus costumbres, estructuras sociales y organización. Al-Andalus fue también, en este terreno, una civilización avanzada y culta, tal y como se apreciará a continuación.


LA ENSEÑANZA
La educación era un bien muy preciado por el pueblo musulmán. El acceso en Al-Andalus a una educación elemental estuvo al alcance de una buena parte de la población a través de las escuelas coránicas donde desde los seis o siete años se aprendía a leer, escribir, recitar el Corán y nociones elementales de matemáticas. El sistema de aprendizaje estaba basado en la transmisión oral y en la memoria, tanto por la escasez de libros como porque así habían sido las primeras enseñanzas del Profeta.Estas escuelas, presentes tanto en ciudades como en pueblos, eran particulares, siendo las familias de los niños las que pagaban a los maestros. Las clases acomodadas disponían de tutores particulares.Mucho más restringido era el acceso a la madraza, verdadero embrión de las universidades europeas. En ellas los maestros más reputados impartían lecciones de gramática, poesía árabe, matemáticas, astronomía, medicina y ciencias naturales, aunque lo más importante era el estudio del Corán y las tradiciones del Profeta. Al finalizar estos estudios se recibía un diploma que autorizaba a transmitir el saber aprendido.De las grandes madrazas que se erigió en Al-Andalus (1349) fue la de Málaga, a la que siguió la de Granada. Córdoba, centro mundial de la cultura, llegó a tener tres universidades, 80 colegios y una biblioteca con 700.000 volúmenes manuscritos.
Sabemos que la mujer en Al-Andalus disfrutó de mayor libertad que en el resto del mundo de su época. El acceso a la educación permitió que algunas de ellas destacaran en la cultura.

LA CIUDAD
El núcleo urbano era la medina, de trazado apretado y denso. En general, presentaba las siguientes características:

Estaba amurallada.
Las puertas eran complejas estructuras arquitectónicas, dobles o en recodo, que se cerraban por la noche.

Se organizaba en dos zonas: la comercial y la vecinal.
En el núcleo principal, llamado Medina, se agrupaban la Mezquita Mayor (aljama), la Madraza, la Alcaicería, el zoco y las más importantes calles comerciales.

La alcazaba se situaba en la parte más alta de la ciudad.

Los arrabales aparecen al extenderse la ciudad extramuros. En ocasiones recibían el nombre de la comunidad o gremio que los habitaba. Disponían de los servicios necesarios para su funcionamiento independiente (mezquita, baño, zoco...).

Calles estrechas (lo que ayudaba a combatir el calor) y sinuosas, con un trazado casi laberíntico. Estaban empedradas y alumbradas de noche. Este alumbrado, al igual que el alcantarillado, se distribuía mediante una red perfectamente organizada.
Frecuentes adarves o calles sin salida que se cerraban de noche aislando a los vecinos a cuyas viviendas daban acceso.
Caserío compacto en el que la vida privada es impenetrable para el transeúnte.

Saledizos y voladizos que a veces llegan a cubrir las calles.

Cementerios situados extramuros, cerca de las principales puertas.
Explanadas, también extramuros, que se usaban como oratorios.
La mezquita era un lugar frecuentado, no sólo para efectuar el salat (postración del musulmán cinco veces al día) comunitaria, sino para convocar distintas reuniones de tipo social y vecinal, o simplemente para estudiar con un poco de sosiego, o escapar a los calores estivales entre la umbría del bosque de columnas.

Según las crónicas musulmanas, Córdoba, en el siglo X, era una ciudad extraordinariamente civilizada. En esa época había una población de casi un millón de almas encerradas en un perímetro que medía doce kilómetros y en 21 arrabales; con 471 mezquitas, 600 baños públicos, 213.077 casas de clase media y obrera, 60.300 residencias de oficiales y aristócratas, y 4.000 tiendas y comercios en una superficie de 2.690 Ha. Era famosa por sus jardines, alcantarillas, acueductos y paseos de recreo. A ambos lados del Guadalquivir (“uadi al-kabir”, el río grande) se extendían los distintos barrios.

EL ZOCO


El zoco era un espacio de intercambio y compra-venta de mercancías y servicios, además de un lugar de encuentro y de relaciones sociales, sobre todo masculinas, en el que, en medio de un frenético deambular, se sucedían las más diversas transacciones. Se situaba generalmente próximo a la mezquita, aprovechando una plaza o espacio abierto. Podía estar cubierto o al aire libre.

Los oficios y los puestos se extendían por áreas especializadas. En ellos exponían los distintos productos (especias, perfumes, tejidos, leche, huevos, frutas y hortalizas, pescado, carne, así como objetos propios de orfebrería, cerámica, espartería, calderería...); también ofrecían sus servicios distintos trabajadores: carpinteros, aserradores, sastres, pintores, molineros, zurcidores, escribanos, médicos, sangradores, herreros, barberos, albañiles, braceros..., por último, los acróbatas, narradores, encantadores... proporcionaban divertimento a la muchedumbre que lo abarrotaba. Algunos oficios como curtidores y aceiteros se veían relegados a lugares alejados, fuera del zoco, por producir malos olores o sustancias insalubres.

Las tiendas eran muy pequeñas y las dedicadas a la artesanía solían tener incorporado el taller. El comerciante se situaba normalmente sobre una tarima.La cocina se situaba cerca de la entrada y era normalmente de reducidas dimensiones. Los elementos básicos de la misma eran el atanor, pequeño horno tronco-cónico o cilíndrico excavado en la tierra que funcionaba con carbón vegetal, y el fogón para cocinar distintos platos cocidos o fritos. El menaje de cocina y la vajilla de loza se guardaban en arcones o alacenas. Junto a la cocina, en las casas de familias acomodadas, se situaba la despensa donde cántaros, orzas, odres y tinajas contenían las provisiones alimenticias para todo el año.

El mobiliario era sencillo, apenas unos arcones, una mesa baja de taracea, y algunos altillos y hornacinas en los que depositar un libro o algún adorno de marfil. De dar calidez al entorno se encargaban las esteras y alfombras tupidas de lana, unos mullidos almohadones de seda o lana bordada y un buen brasero.

LA ALIMENTACIÓN

Una de las herencias más importantes que el mundo andalusí ha dejado entre nosotros ha sido la de su gastronomía. Tanto la corte como el pueblo eran amantes de los placeres que la imaginación y los bienes de la tierra proporcionaban. Se preparaban riquísimos alfajores y pestiños, albóndigas con comino, gachas de carne y sémola, cuscús, empanadas de guisantes y merluza, pescado al cilantro verde o berenjenas rellenas. La abundancia de productos hortofrutícolas y cereales, el consumo de carnes y pescados variados, el uso de hierbas aromáticas y especias, y el gusto por la repostería fueron sus principales características.

Los cereales eran la base de la alimentación y fueron utilizados no sólo en forma de pan, sino también de gachas, sémolas y sopas. El arroz se consumía frecuentemente en las reuniones familiares. Las legumbres se usaron combinadas con carne y también en puré.

Entre las verduras se introdujo la alcachofa, muy apreciada, el espárrago y la berenjena. Tan apreciada llegó a ser esta última que a los almuerzos de mucho bullicio y gentío se les llamaba “berenjenales”. Además de éstas, otras hortalizas bastante cultivadas fueron la calabaza, los pepinos, las judías verdes, los ajos, la cebolla, la zanahoria, el nabo, las endibias, las acelgas, las habas, las espinacas...Y es que la huerta floreció en aquellos tiempos como nunca antes lo hiciera, llenándose de nuevas hortalizas. Entre ellas, las flores rezumaban fragancia y color: Crecían el alhelí, la rosa, la madreselva y el jazmín.

El pescado se consumía en las zonas cercanas a la costa, mientras que en el interior el uso del mismo ofrecía evidentes problemas de conservación por lo que se recurría a la técnica del salazón. En cuanto a la forma de prepararlos eran frecuentes los pescados al horno, en escabeche y algo parecido a las actuales empanadas, pero elaboradas con tortas de trigo.

La carne más común fue la de cordero, aunque también abundaron las de caza y ave. Las clases más humildes sólo la comían en días de fiesta, mientras que era un producto habitual en la dieta de las clases pudientes. Se solía comer asada en carbón, rellena, en guisos y picada en albóndigas. Las salchichas, elaboradas entonces con cordero, eran ya famosas en la región. La leche y los huevos constituían el aporte de proteínas más habitual.

En cuanto a las grasas vegetales el aceite preferido era el de oliva, que se obtenía en almazaras mediante una gran prensa de tornillo de madera. El más reputado de todos era el del Aljarafe sevillano, llegándose incluso a exportar. También se hacían aceitunas aliñadas.

Las frutas, muy variadas, se consumían frescas en su época de recolección, bien como postre o en zumo. Técnicas de conservación como la confitura o el secado hicieron que durante todo el año pudieran incluirse en la dieta.Las más consumidas eran la sandía, el melón y la granada. El higo llegó a exportarse a Oriente. Los cítricos, como el limón, el pomelo, el toronjo y la naranja amarga, eran utilizados para conservar los alimentos, pero también se extraía de ellos para la elaboración de zumos y de sus flores, esencias para la elaboración de perfumes. Se aclimataron también, procedentes de otros lugares, el membrillo, el albaricoque y un sinfín de frutos más.

En Europa hicieron fortuna las combinaciones de azúcar y frutas, en formas de jaleas, mermeladas, refrescos... que fueron recibiendo curiosos nombres de sabor oriental, como arropes (jarabe de mosto con trozos de fruta), jarabes y siropes, o sorbetes.

También les debemos a la cultura andalusí la introducción de la caña de azúcar, que vino a sustituir a la miel como edulcorante, aunque ésta continuó siendo siempre muy valorada. El azúcar, que durante siglos sólo se conocía en forma de jarabe, pasó a consumirse como lo conocemos hoy gracias a que inventaron la manera de cristalizarlo.Pero donde realmente brillaban la inventiva y el buen hacer andalusíes fue en los dulces (tanto fritos como horneados): buñuelos de varias clases, pasteles de almendra, pastelillos de miel, arroz con leche, confituras de frutas... y casi todo aderezado abundantemente con agua de rosas. En la composición de los mismos predomina la harina de trigo, los frutos secos, el azúcar y la miel.

En los largos y calurosos veranos de Al-Andalus se mitigaban los rigores del sol con esencias de flores y frutos, mezclados con agua fría o con hielo. Para ello (especialmente en el reino de Granada) se excavaban pozos de diez metros de profundidad, donde metían la nieve de Sierra Nevada, que les duraba hasta el mes de julio. Si el pozo era de veinte metros, el depósito de hielo duraba todo el año.

En cuanto a las especias, muy utilizadas en la cocina de Al-Andalus, se introdujo la canela (que ejercía de reina de toda esa perfumada corte), así como el azafrán, el comino, la alcaravea, el jengibre, el sésamo o ajonjolí, el cilantro, la nuez moscada y el anís. En las mesas de cualquier celebración también se daban cita el laurel, el ajo, el clavo, el cardamomo, la mostaza, el comino y la pimienta, sin desdeñar las hierbas aromáticas como el hinojo, la hierbabuena, el tomillo y el romero.

PERFUMES Y PRODUCTOS DE EMBELLECIMIENTO

En Al-Andalus, al igual que en el resto del mundo islámico, los perfumes y ungüentos corporales tuvieron una presencia importante. Eran de uso general en todas las clases sociales, y tanto hombres como mujeres los usaban en gran cantidad, sintiéndose predilección por las esencias a base de limón, de agua de rosas y de violetas, por los perfumes de azafrán, almizcle, jazmín, ámbar de distintos tipos (gris, natural, desmenuzado o molido, o negro), aceite de violetas, jabones aromáticos... Todo ello se conservaba en frascos de vidrio y cristales.

Pasta depilatoria, alheña (henna) para teñir el cabello o decorar manos y pies, sulfuro de antimonio para el perfilado de ojos y así realzar la mirada, corteza de nuez para tintar labios y encías... constituían un auténtico arsenal cosmético para el cuidado y la belleza de la mujer andalusí. Ibn Hazm nos cuenta que las cordobesas de su tiempo pasaban largo tiempo mascando goma para perfumar su aliento.
Otras materias aromáticas empleadas para la ambientación de
lugares eran el áloe, el incienso y el sándalo.


VESTIDO

En el reinado de Abd Al-Rahman II la influencia oriental hizo que la población andalusí adaptara su vestuario a los cambios estacionarios, vistiendo los tres meses de verano con zaragüelles (calzones amplios) y camisas blancas de lino o algodón y el resto del año con ropas de color abrigándose con zamarras y chalecos de piel. La seda el brocado, el raso y el terciopelo se hicieron frecuentes en la corte y fueron solicitados por altos dignatarios de los reinos cristianos. El color del luto, que en Oriente era negro, fue blanco entre la población andalusí.

El tocado masculino era un casquete de fieltro o un gorro de lana; el femenino, un pañuelo que les cubría todo el rostro (a excepción de los ojos) y sobre el que se colocaba la toca.

El influjo de Bagdad introdujo el gorro alto y derecho y las mitras de terciopelo bordado con pedrería, así como el uso de las toquillas de brocado para las mujeres.

El turbante estuvo durante algún tiempo restringido a hombres de leyes, pero se fue popularizando a partir del siglo XI, llegando a ser común en la Granada nazarí.

Texto publicado en la web de
Yama´a Islámica de Al-Andalus - Liga Morisca

Tags: Al-Andalus, Andalucía, Historia, andaluces, andalusíes, moriscos, soberanistas

     

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