martes, 12 de febrero de 2008

Publicado por adm.LA @ 13:03


ACTUALIDAD Y CONTENIDOS

El Yihad -que es la movilización contra el mal, la injusticia y la opresión, contra el egoísmo y la barbarie, contra el imperialismo y la agresión- es una obligación individual y comunitaria que pesa sobre los musulmanes. Es la guerra que debe entablar cada musulmán y cada musulmana, enfrentándose a la mentira, los dioses y la miseria de los hombres. La eficacia de esa lucha tiene unas condiciones: firmeza, trascendencia, obediencia, unidad, paciencia y humildad.

Estas condiciones deben ser respetadas en el Yihad personal y en el colectivo, en conformidad a lo que enseña Allah en el Corán
:



¡Creyentes! Cuando os enfrentéis a un ejército, manteneos firmes y recordad mucho a Allah: tal vez triunféis. Obedeced a Allah y a su Mensajero, no disputéis entre vosotros pues fracasaríais y desaparecería vuestra fuerza. Tened paciencia, ciertamente Allah está con los pacientes. No seáis como los que salen de sus hogares con pompa y ostentación y apartan a las gentes del Camino de Allah. Allah rodea lo que hacéis... (Corán, VIII/45-47).

1- La firmeza (zabât)

La firmeza es la clave para la victoria real. El más firme de los ejércitos enfrentados es el que al final triunfa. El dolor y el sufrimiento son los enemigos de la firmeza. Pero el musulmán debe saber que si él sufre, también sufre su enemigo, y, además, tiene que saber que él espera algo que su enemigo no espera. Su enemigo combate para obtener una victoria pronto, pero el musulmán espera complacer a su Señor y conquistar su Favor. El verdadero objetivo del musulmán es el Ŷanna, el Jardín eterno. Venza o bien sea derrotado en el campo de batalla, el musulmán, si es sincero, obtiene siempre el inmenso botín tras el que ha salido a la guerra. Si vence, conquista dos cosas: el triunfo aquí y junto a Allah; si muere, su destino es el infinito de una existencia en la exuberancia de su Único Señor. Su enemigo, si logra la victoria, acabará muriendo para pasar a la eternidad en un Fuego infinito en medio de un dolor que hará justicia a su perversidad.
Para alcanzar ese triunfo, el musulmán (el mûmin, el que ha abierto su corazón a Allah) sólo tiene que ser firme hasta el final, hasta la muerte, que es la puerta hacia el Ŷanna. Nada hay más grande que morir fî sabîlillâh, mientras se combate sobre el Camino que lleva a Allah. Por tanto, tanto venza como si cae, tiene garantizada la victoria ante Allah, si es firme y decidido. La debilidad, el paso atrás, la inconsistencia, todo ello lo devuelve a la mediocridad. La falta de seguridad lo condena al mismo estado de sus enemigos, a su realidad corta y a sus horizontes limitados.

Quien confía en Allah, en lugar de estar pendiente de estrategias, armas y habilidades, se aferra al cordón umbilical que lo comunica con la fuente de su vida. Quien recoge sus fuerzas de Allah, no se tambalea, y se afirma con fuerza sobre la Verdad. Esa es la radicalidad de la firmeza del musulmán en el campo de batalla, lo que hace de su Yihad una guerra capaz de trasformar el mundo.

El kâfir (el que se ha puesto al servicio del mal, de la mentira, del imperialismo, de los dioses que esclavizan al ser humano) sólo espera triunfar en esta vida. El musulmán quiere alcanzar la victoria en este mundo y más allá de él. El musulmán sale a la guerra para alcanzar el triunfo aquí o para que se abra la puerta que lo conduzca a la paz en su Señor. ¿Cómo habría de rendirse, y no obtener ni una cosa ni otra? Por todo esto, la firmeza forma parte necesaria del Yihad.

2- La trascendencia (dzikrullâh, el Recuerdo de Allah)

El Corán ordena al musulmán intensificar la Evocación del Nombre de Allah cuando esté frente a su enemigo. Allah es la raíz de sus fuerzas, su verdadera arma. Al iniciar el combate, el Nombre de Allah debe estar en los labios y en el corazón del musulmán, así como cada vez que se encuentre ante el mal, la injusticia, la opresión, o cualquiera de sus enemigos. Al recordar a Allah, el musulmán recuerda a quien es su Único Señor, y entonces todo se evapora ante él. La victoria, la derrota, el dolor, todo se disipa ante el verdadero objetivo, la raíz de los movimientos del musulmán. Es así como él mismo se diluye en la inmensidad de lo que rige el universo.

El musulmán encuentra en el Nombre de Allah la puerta hacia una percepción de lo infinito. Al entrar por esa puerta, todos los miedos se desvanecen, y eso lo hace invulnerable. Cuando el Profeta (s.a.s.) entraba en batalla, iba acompañado de sus Compañeros, que eran Rabbâniyûn, es decir, eran Señoriales: mencionaban el Nombre de Allah, y se volvían invencibles. Al musulmán se le exige hacerse rabbâní. Debe encontrar en la pronunciación del Nombre lo que lo haga irreductible a sus enemigos.

El Nombre de Allah tiene la virtualidad de hacer imperturbable el ánimo de quien lo repite con el corazón. Se hace así inmune a las circunstancias que hacen fracasar al hombre común. Se puede decir que, con el Nombre de Allah en su boca, el musulmán ya está en el Ŷanna.

El Corán dice de los musulmanes:
Son aquellos que, cuando las gentes se reúnen y les dicen: ‘Vuestros enemigos se han juntado contra vosotros, ¡temedles!’, sus corazones se fortalecen y dicen: ‘Nos basta Allah,...”. Musulmanes son los que dicen lo que el Corán les enseña decir cuando se encuentran ante sus enemigos: “Señor nuestro, derrama paciencia en nosotros, afianza nuestros pies y danos la victoria sobre los kâfirîn”, “Señor nuestro, disculpa nuestros errores y nuestra insuficiencia, afianza nuestros pies, danos la victoria sobre los kâfirîn”...

La pronunciación del Nombre de Allah al comienzo de la batalla sirve para abastecerse de fuerzas, para proclamar la confianza en Allah, para recordar la naturaleza de la guerra que se ha emprendido cuyo objetivo es la lucha contra los dioses de los hombres, contra la usurpación, pues sólo Allah es el Señor de los Mundos. El objeto de la guerra de los musulmanes no es el dominio sobre otros, ni el orgullo, ni es para robar las riquezas de los pueblos, ni para imponer una ideología, ni para extender la destrucción. Es una lucha en Allah, es un combate contra la perversidad.

3- La obediencia (tâ‘atullâhi wa rasûlih, la obediencia a Allah y a su Mensajero)

Esta condición quiere decir que la guerra debe estar sujeta a la Sharî‘a. Tiene, por tanto, su Ley. No puede hacerse de cualquier manera, y no es, ni mucho menos, una invitación a la barbarie, ni al suicidio, ni a la ostentación, ni al desquite,... El Yihad es una lucha justa sobre una Senda y por eso tiene muchos límites que el musulmán debe conocer antes de lanzarse al campo de batalla. Puesto que sus objetivos no son egoístas, debe estar a salvo de las maquinaciones de los intereses y los arrebatos.

El musulmán, al emprender el Yihad, debe tener en cuenta las condiciones que han impuesto Allah y su Mensajero, para no ser uno de los agresores (“...y Allah no ama a los agresores”), para que su lucha no sea como la de las gentes del kufr. En el Yihad no tiene lugar la devastación, ni la crueldad, ni la venganza,... Esas ausencias son el signo de que es un combate fî sabilillâh, y no una guerra desencadenada por intereses depredadores o por resentimientos mezquinos.

4- La unidad (tark an-niçâ‘, el abandono de la rivalidad)

Esta condición para la eficacia y validez del Yihad está íntimamente relacionada con la anterior. El musulmán, al emprender el Yihad, debe dejar atrás todo lo que lo desintegra personal y colectivamente. Cuando se lucha dentro de uno mismo o contra un enemigo exterior, lo importante es la unidad que hace del ser y de la comunidad una sola cosa. Por tanto, olvidar las desavenencias, atenuar los conflictos, buscar la reconciliación, son los caminos que deben preceder a la lucha y regir durante ella.

El sentimiento de formar un solo cuerpo para el Yihad va más allá de la obediencia a una jerarquía. No se trata, ni mucho menos, de las exigencias de la ‘profesionalidad’ de un ‘soldado’, sino que es la profunda convicción de quien se propone la unidad como un valor que tiene un alcance trascendente. La unidad interior del musulmán y de los musulmanes en su totalidad es un objetivo integrador en correspondencia con ‘la verdad de las cosas’. Hay enormes diferencias entre un ‘soldado’ y un muŷâhid. El muŷâhid no es miembro de un ejército deshumanizado sino el protagonista de una guerra en la que pone su existencia. Un muŷâhid es un mundo en sí que se une a otros para crear el universo armonioso del Islam, en un movimiento cósmico que es pura vitalidad (Yihad) contra la muerte, la mentira, la opresión y el imperialismo.

5- La paciencia (sabr)

En árabe, sabr no es sólo paciencia. Es también constancia, aguante, perseverancia, imperturbabilidad,.. Todo ello, junto. Esta noble cualidad es la constante que debe determinar todas las circunstancias en las que se vea envuelto el muŷâhid. Es su máximo capital. No se trata de la simple firmeza en el momento del combate, sino que debe ser la naturaleza del que afronta el reto del Yihad. Sólo el sâbir, el constante, el paciente, el poderoso en medio de todos los reveses y todas las victorias, sólo él goza de un extraordinario privilegio: la compañía de Allah (“ciertamente, Allah está con los pacientes”). Esa compañía es su permanente triunfo sobre lo que comúnmente derrota a los hombres. El dolor, la derrota,... vencen al que no es paciente. La victoria vence y se apodera del que no es paciente, y entonces no es una puerta hacia Allah.

La paciencia es, pues, la verdadera provisión de quien se ha propuesto con su Yihad conquistar a Allah. La paciencia significa no dejarse arrastrar por las circunstancias, ya sean negativas o positivas. Es una constancia que hace del Yihad una forma de vivir y de morir.

6- La humildad (tawâdu‘)

En los versículos con los que hemos encabezado esta disertación se colocaba al final una alusión a la humildad, que debe ser el estandarte del muŷâhid. El significado de esta virtud en medio de la guerra ha quedado suficientemente explicado en nuestros comentarios al Capítulo del Auxilio (el 110 del Corán).

Con la humildad del musulmán en medio de su combate, se restablece la Verdad, que es el imperio de Allah Uno en todas las cosas, por encima de todos los seres. Sólo así el Yihad es manifestación de una certeza profunda y de unos valores que trascienden los del mundo. Las consideraciones anteriores, en consonancia con las órdenes que aparecen en el versículo que nos ha servido de referencia, son imprescindibles para el que quiera afrontar el Yihad, la lucha contra el mal, tanto dentro de uno mismo como en la realidad inmediata. Ambos universos, el interior y el exterior, son los espacios sobre los que el musulmán ejerce su acción trasformadora en busca siempre de lo mejor y más noble y contra todas las usurpaciones, contra todo oscurantismo.

EL YIHAD MAYOR Y EL YIHAD MENOR

En cierta ocasión, Rasûlullâh (s.a.s.) dijo a quienes volvían de la guerra con los kuffâr: “Venís del Yihad Menor al Yihad Mayor”.
El Yihad Menor es la lucha contra los hombres, y el Yihad Mayor es la lucha que cada musulmán debe emprender contra el mal que hay en sí mismo, contra su ego y sus propias maquinaciones. El Profeta (s.a.s.) llamó Mayor al combate interior, no porque tenga un rango más elevado sino por su complejidad. Efectivamente, luchar contra el demonio que se lleva dentro requiere de una gran habilidad y se está expuesto a unas trampas y engaños que son más sutiles que los que tiende el enemigo humano.

Esta división del Yihad en Mayor y Menor no puede interpretarse como una oposición entre dos formas distintas de enfrentarse a la realidad para transformarla. Ambas son exigidas al musulmán. Pero en la actualidad se ha querido extender la idea de que la única lucha que verdaderamente el Islam exige es la interior, y se confunde el Yihad Menor con un belicismo contrario a una espiritualidad elevada. En ello no debemos ver más que la expresión de una cobardía que busca justificaciones o el intento de apartar a los musulmanes de la poderosa arma que los ha hecho rechazar el colonialismo y el imperialismo y los hace insumisos ante la injusticia y la opresión.

El sufismo (Tasawwuf) es la vía de la lucha interior, y siempre se ha conjugado con la necesaria lucha exterior. Los sufíes han estado al frente de los combates de los musulmanes. Es más, una de las formas más nobles del sufismo es la del ribât, que consiste en apostarse en las fronteras del Islam para defender a los musulmanes. El sufí, a la vez que agiganta su espíritu en las grandes enseñanzas de los maestros, templa su ánimo en el Yihad que lo enfrenta a peligros y riesgos donde su sinceridad y entrega son cuestionadas por el poder de la realidad más abrumadora.
El sufismo sospechoso, pasivo, políticamente correcto, domesticado por décadas de adocenamiento, es una novedad sin precedentes en los anales del Islam. Por el contrario, el sufismo combativo, del que afortunadamente en la actualidad existen numerosos ejemplos, es la continuación de un Islam tradicional y eficaz con raíces en Sidnâ Muhammad (s.a.s.).

El sufismo como moda espiritual merece toda la reprobación. Luchar contra el Nafs (el ego) buscando una perfección abstracta o una sabiduría esotérica al margen de la realidad es el delirio del mismo Nafs. Y es una aberración reducir las enseñanzas de los Maestros a esas alucinaciones modernas. El Yihad Menor, al lado del Yihad Mayor, coloca las cosas en su sitio y reunifica al ser.

El Fiqh enseña que cuando el enemigo ataca las tierras del Islam, el Yihad se convierte en una obligación que incumbe a todos los musulmanes: hombres, mujeres, niños, ancianos,... Todos deben coger las armas para una defensa inmediata y repeler a los agresores. Nadie debe esperar ninguna autorización para ello, e incluso las mujeres deben desobedecer a sus maridos y los hijos a sus padres, si les ordenan que no participen en la lucha. A esto se le llama estar a la altura de las circunstancias. De igual manera, la obediencia debida a un maestro sufí queda abolida si éste ordena a su discípulo abstenerse de la lucha que le incumbe como musulmán. Lo que cabría esperar de ese maestro es que estuviera entre los primeros en enfrentarse a los peligros y riesgos que el Islam ordena afrontar a los musulmanes en defensa de su dignidad y de su condición de seres humanos.

En el Islam, es inconcebible que los sufíes se queden atrás mientras la nación se ve atacada. Pero eso sucede a veces en la actualidad dentro del complejo sistema de perversiones al que ha sido sometido el Islam durante el último siglo. Se nos ha impuesto la discordia (Fitna), y en tiempos de Fitna, lo que salva al hombre de la miseria del ego es el sentido común y su intuición más profunda, la resolución, la solidaridad con los suyos y con los oprimidos, y su valor y su audacia.

LLAMAMIENTO AL YIHAD

El Yihad es la movilización urgente, eficaz y comprometida de todas las capacidades del Islam en favor de los inocentes y en contra de los criminales. Ahora, es la obligación que pesa sobre todo musulmán y toda musulmana de auxiliar a los irakíes y oponerse a los yanquis, poniendo en el asunto sus fuerzas, su inteligencia y los medios de los que disponga. El Yihad, que nace de la íntima convicción de que hay que oponerse de forma activa a la mentira, la injusticia y el crimen es la poderosa arma del Islam para la resistencia y la victoria sobre el mal. El Yihad se ha convertido en un wâŷib, en una obligación, en una prescripción que afecta a cada miembro de la Umma (ha pasado a ser, por la gravedad de la situación actual, un fard ‘áin, como lo son el Salât, el Zakât o el ayuno en Ramadán).

Además de las grandes y numerosas desgracias que afectan al Islam, calamidades a cuya cabeza está la ocupación sionista de Palestina, otra viene a sumarse a las tragedias que viven los musulmanes, y es la agresión imperialista contra el pueblo de Irak. Todas esas sumas hacen del Yihad una necesidad ineludible.

Los Estados Unidos de Norteamérica han puesto al servicio de sus mezquinos intereses una fuerza descomunal que han dirigido contra un pueblo indefenso, y ello es suficiente para que todos seamos concientes de la urgencia de una amplia movilización contra esa agresión cobarde. Desde el aire, y por mar y tierra, un ejército inmenso ataca para desbastar una tierra noble, para después ocuparla y saquearla como hacen los asesinos y ladrones, a la vez que todo ello se ofrece como un espectáculo a la humanidad, que la denigra en su totalidad.

El Yihad es obligatorio y urgente, y todos los musulmanes estamos comprometidos a ello, cada uno según sus capacidades y utilizando los medios de los que disponga. El carácter obligatorio de combatir a los criminales y sus aliados está claramente expresado en el Corán y en la Sunna. Con el Yihad respondemos a un imperativo que no nace simplemente de nosotros mismos en tanto que seres humanos, sino que nos viene de lo más profundo de la existencia. Realizar el Yihad en las condiciones actuales es lo que exige la Verdad que está en la raíz de todas las cosas.

Allah nos dice en su Libro:
Luchad por Allah combatiendo a los que os combatan. No seáis vosotros los agresores. Allah no ama a los agresores”.

En este noble versículo se nos dice claramente que debemos luchar contra los que nos han declarado la guerra, que no tenemos derecho a dejarnos aplastar. La agresión contra Irak es una guerra declarada a nuestros hermanos “que somos nosotros mismos”. Ellos, los kuffâr, los yanquis, han venido a nuestras casas para destruirlas, matar a nuestra gente y robarles. Allah, en el Corán, nos dice “luchad”, que es una orden. No es un consejo, no es una recomendación, no nos deja elegir. Luchar contra los agresores es una obligación, un wâŷib inapelable, un fard ‘áin que incumbe a cada musulmán y musulmana en concreto. Y musulmanes son los que responden al imperativo de Allah, son los que responden a lo que hace ser las cosas, por tanto, en el Yihad está la vida, mientras que echarse atrás es humillación, vileza y muerte...

Allah dice en su Libro:
Vosotros, los que asentís y me abrís vuestros corazones, no toméis como aliados a mis enemigos y vuestros enemigos, no vayáis a su encuentro presentándoles vuestro amor”.

En este versículo, Allah nos prohíbe categóricamente considerar amigos o aliados a sus enemigos y a nuestros enemigos. Los que agreden a los musulmanes son enemigos de Allah y enemigos de los musulmanes. Por tanto, los yanquis son nuestros enemigos, los agresores que nos han atacada en nuestras casas, y estamos en guerra con ellos. No es legítima ninguna alianza con ellos, ni el Islam nos permite ninguna relación amistosa hasta que no depongan las armas.

Allah también dice en el Corán:
Que los musulmanes no hagan de los kuffâr sus aliados al margen de otros musulmanes. Quien lo haga, nada tiene que ver con Allah...”.

Según esto, ningún musulmán está autorizado a prestar ayuda a los yanquis, al contrario, debe ponerse inmediatamente del lado de sus hermanos irakíes contra los kuffâr, es decir, contra los enemigos, los yanquis.

En su Sunna, Sidnâ Muhammad (s.a.s.) nos dice:

El musulmán es hermano del musulmán, y ni lo maltrata ni lo vende”, es decir, Rasûlullâh (s.a.s.) nos prohíbe traicionar o abandonar a su suerte a todo musulmán que se encuentre en apuros. ¿Qué mayor apuro que el que está sufriendo desde hace muchos años todo el pueblo irakí a causa de Estados Unidos, que es el mayor cáncer del mundo?.
Obligación de todo musulmán es ayudar a los irakíes, socorrerles en su lucha, defenderlos contra los agresores, luchar por ellos en todos los frentes hasta derrotar tarde o temprano a sus enemigos, los enemigos de toda la humanidad.

Sidnâ Muhammad (s.a.s.) también dijo:
Ayuda a tu hermano musulmán, ya sea un oprimido o un opresor”,
y se le preguntó al Profeta (s.a.s.):
“¿Cómo vamos a ayudar al opresor?”,
y respondió: “Impidiéndole ser opresor”.

Es obligación de los musulmanes socorrer a los oprimidos, y luchar contra los opresores, aunque sean musulmanes (y con ello se les hace un bien). Según esto, es absolutamente obligatorio socorrer a los irakíes en la agresión que están sufriendo a manos de los opresores yanquis, utilizando en su favor y contra sus enemigos todos los medios posibles, empezando con una ruptura total con los criminales, boicoteándolos, denunciándolos, manifestándonos contra ellos, avergonzándoles ante el mundo, y todo lo que los medios permitan.

Nuestros alfaquíes han dicho:
El Yihad es la lucha contra los kuffâr agresores cuando ocupen cualquier país del Islam, o lo pretenden y hacen avanzar sus vanguardias. En ese caso, el Yihad es obligatorio para todo musulmán con fuerzas para combatir. En esas condiciones, el Yihad es un fard ‘áin, una obligación personal ineludible”.

Los alfaquíes añaden:
Incluso la mujer está obligada a salir a luchar, aunque su marido se oponga a ello, y hasta los hijos deben prescindir en ese caso de la autorización de sus padres, y hasta el esclavo tiene la obligación de luchar abandonando a su dueño”.

Puesto que los yanquis están decididos a ocupar Irak y han puesto en marcha sus ejércitos y han lanzado contra el país sus vanguardias, es obligación de todos los irakíes luchar contra esa agresión. Esa guerra impuesta al pueblo irakí no puede ser eludida por ningún miembro del pueblo.

Nuestros alfaquíes han dicho:
Si el país musulmán invadido no tiene capacidad para repeler por sí mismo la agresión de los kuffâr, sus vecinos musulmanes están obligados a entrar en esa lucha, y si juntos aún no son capaces, la obligación se traslada a todos los musulmanes del mundo”.

Es evidente que los irakíes por sí solos no pueden oponerse a la agresión yanqui si tenemos en cuenta el poderoso ejército que los criminales y sus miserables aliados han puesto en movimiento. Por tanto, es nuestra obligación participar en esa lucha al lado de los inocentes hasta que Allah decida quién tenga que vencer. Además, todas estas consideraciones denuncian el papel rastrero que están jugando los Estados vecinos de Irak.

Por último, nuestros alfaquíes han dicho:
Ayudar a los kuffâr contra los musulmanes es kufr”.
En esto hay una terrible advertencia: ponernos del lado de los yanquis nos excluiría del Islam.

En resumen, el musulmán que desee en su corazón que los yanquis ocupen Irak, como quiera que justifique en sus adentros esa ocupación, por aparentemente noble que sea el objetivo que crea que hay en esa ocupación, es vil y miserable. Al contrario, hay que desear que triunfe el pueblo de Irak y que los yanquis vuelvan a su país derrotados y humillados, y hacer todo lo posible para que ello sea así. Y junto a ello, luchar contra todas las tiranías, esforzarnos por liberar a los musulmanes de todas las opresiones, ya sean los dictadores musulmanes o no lo sean.

Especialmente, los musulmanes debemos dirigir críticas severas a los gobernadores musulmanes que intentan complacer a los yanquis y se justifican detrás de las resoluciones de las Naciones Unidas para seguir siendo perros al servicio de los yanquis y de los sionistas.

Por último, nos dirigimos a los ‘ulamâ de toda la Umma recordándole sus obligaciones para con los musulmanes. No pueden ser tibios en estos momentos, ni abstenerse de expresar y hacer público con un acento rotundo todo lo que hemos dicho en este llamamiento, que forma parte de las enseñanzas más básicas del Islam. Es obligación de los ‘ulamâ animar a los musulmanes en el Yihad contra los yanquis.

Allah dice en el Corán:
La obligación de un trasmisor es la de comunicar”, y los ‘ulamâ son los que cumplen con esa función, que han heredado de Sidnâ Muhammad (s.a.s.).

Al final de este llamamiento, pedimos a Allah que nos guía a todos, que de fuerzas a los ‘ulamâ e ilumine a los gobernantes, que de la victoria a los oprimidos y destruya a los asesinos y a sus aliados.

Asociación Islámica MUSULMANES ANDALUCES

Tags: Al-Andalus, Andalucía, Historia, Islam, Yihad, andaluces, Soberanismo

     

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