Padre de la Patria andaluza.
Nace en Casares (Málaga) el 5 de Julio de 1885, en la calle Carrera, Nº 46, fusilado sin juicio ni sentencia el 11 de Agosto de 1936 a consecuencia de la aplicación de un Bando de Guerra.
1936. Dar-al-Farah, Casa de la Alegría, domicilio de Infante en Coria del Río. Por la ladera, los olivos; en los tápiales blancos, geranios y jazmines. Sobre la puerta, el escudo que ha perseverado valiente hasta hoy. Dando la cara y comprometiendo a los hijos. Una mujer, la suya, vive la monotonía de unos días más mientras anota la compra de la casa. Abrimos hoy la agenda doméstica: “Agosto –Domingo, 2- Nuestra Señora de los Ángeles – Gastos –Carne- P…”. Empezando a tomar la cuenta de la plaza estaba, cuando llamaron a la puerta principal. “El sargento Crespo, de Falange y otro, y la casa rodeada. Llévanse a Blas. Se lo llevaron, así como al aparato de radio y el altavoz, a las 11 y ½ de la mañana de hoy. Los aparatos volvieron, pero él no”.
Infante había venido al mundo 51 años antes. Tenía un sonoro segundo apellido: Pérez de Vargas. El se firmó siempre Pérez. Este gesto resulta todo un símbolo de su vida de “identificado con el pueblo andaluz hasta sentirse fuera de las condiciones de la clase a la que pertenecía, cualidad que no se encuentra en ninguno de los autonomistas o nacionalistas catalanes, vascos o gallegos de la misma época” (Tierno Galván).
La investigación sobre su compleja personalidad y su original teoría política se halla, cuando escribimos, sin concluir. Sus obras editadas (14), hoy agotadas salvo La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, han de ser interpretadas con ayuda de las inéditas (3). Y todo ello, comprendido desde la abundancia extraordinaria de sus manuscritos que alcanzan aproximadamente los 3.000. Infante, tras ser declarado Padre de la Patria Andaluza, exaltado mil veces por los políticos actuales, no ha merecido aún la edición completa, crítica y popular de su impresionante producción literaria.
Es que Infante es el símbolo de la mayoría de los andaluces pero no de todos en batiburrillo. Una Andalucía con un 67% de clase trabajadora por niveles de ingresos sumados a un 30% de una clase media, colonizada y temida por el Centralismo y los oligarcas locales (sus legados), no podía tener como Padre aquel Infante desfigurado que ya va siendo descubierto en su auténtica imagen, la que le otorga esa paternidad popular.
PRIMEROS AÑOS, PRIMERAS EXPERIENCIAS
“Yo, criado entre jornaleros, hijo de un pueblo jornalero, por excelencia morisco o andaluz, tenía mi propia alma y el sentido trágico de la vida muy afirmado en mí, porque desde que nací había vivido su espantosa tragedia; la tragedia de la Andalucía secularmente martirizada, la irredención que nuestro pueblo soportaba con musulmana resignación, expresada con aristocrática mansedumbre. Y acicataba la labor de justicia universal en nombre de Andalucía”. Así dice él mismo en este texto inédito hasta ahora (Manuscrito AAY-2). Por encima de una forma literaria a veces enfática y propia de un estilo hoy ajado, Infante acierta siempre en síntesis densas y, realmente, heterodoxas en relación con los colonizados bien pensantes. Este manuscrito inédito es hermano de aquel otro ya clásico y publicado en las dos ediciones de El Ideal Andaluz (pp.122-123, edic. 1976):
“Yo tengo clavada en la conciencia, desde mi infancia, la visión sombría del jornalero. Yo le he visto pasear su hambre por las calles del pueblo, confundiendo su agonía con la agonía triste de las tardes invernales; he presenciado cómo son repartidos entre los vecinos acomodados, para que éstos les otorguen una limosna de trabajo, tan sólo por fueros de caridad; los he contemplado en los cortijos, desarrollando una vida que se confunde con la de las bestias; les he visto dormir hacinados en sus sucias gañanías; comer el negro pan de los esclavos, esponjando en el gazpacho mal oliente, y servido, como a manadas de ciervos en el dornillo común; trabajar de sol a sol, empapados por la lluvia en el invierno, caldeados en la siega por los ardores de la canícula; y he sentido indignación al ver que sus mujeres se deforman consumidas por la miseria en las rudas faenas del campo; al contemplar cómo sus hijos perecen faltos de higiene y de pan; cómo sus inteligencias se pierden atrofiadas por la virtud de una bárbara pedagogía, que tiene un templo digno en escuelas como cuadras; o permaneciendo totalmente incultas, requerida toda la actividad, desde la más tierna niñez, por el cuidado de la propia subsistencia, al conocer todas, absolutamente todas, las estrecheces y miserias de sus hogares desolados. Y, después, he sentido vergüenza al leer en escritos extranjeros que el escándalo de su existencia miserable ha traspasado las fronteras, para vergüenza de España y de Andalucía”. Ya ha entrado en su vida el jornalero. No lo dejará nunca. Y un nuevo dato:
“Yo soy del pueblo. Mi padre tenia un compadre gitano, el compá José el Tuerto. Y los hijos de éste, Frasco, Saláo, Rosca, Titaera eran compañeros inseparables de mi hermano y míos durante toda nuestra niñez. Tan estrechas eran nuestras relaciones, que sólo se interrumpían durante los períodos de expulsión en los cuales mi abuelo, que era el cacique, tenía que desterrar a los gitanos del pueblo al cual volvían con admirable tenacidad, la cual me ha servido después para explicarme la historia de España. Y conste que mi abuelo no era malo ni tenía el milagroso talento para las expulsiones al que se encomendaba el buen doctor Sancho Moncada con respecto a Felipe III” (Manusc. C-50 y 52).
La idea del sufrimiento y la expulsión de los moriscos está también presente en sus primeros años, a propósito de la guerra de Cuba “Cuando yo era niño, los chiquillos…, precedidos por el lienzo amarillo y rojo íbamos a despedir a los que partían a Cuba, al son de una melodía de aire guerrero, que el maestro, en virtud de órdenes superiores, nos había hecho aprender. Cantábamos que ‘aquel hermoso pabellón era el de la nación sin par que en valentía y en hidalguía la primera fue, que aquella bandera, victoriosa en Santa Fe, conquistó Granada’. Mientras tanto, se ponía a los cubanos de ingratos… Pero ni la bandera, que apenas contaba un siglo, había ondeado en Santa Fe, ni nosotros, los hijos de aquel pueblo morisco, habíamos conquistado Granda, sino al contrario, habíamos sido conquistado con ella…” (Manusc. AAX).
De 1896 a 1900, es alumno interno en el Colegio de los Escolapios de Archidona. Pero a sus 15 años, el chiquillo ha de interrumpir sus estudios y trabajar como auxiliar en el Juzgado de su pueblo. El desastre de Cuba aprieta a la industria catalana y el Gobierno centralista refuerza sus colonias interiores como Andalucía y emprende su política de proteccionismo para Cataluña que, según Vicens Vives, contaba con una manufactura no competitiva con la extranjera. Hasta 1904, no puede proseguir sus estudios. El esfuerzo de sus padres –pequeños labradores- por los dos hijos, les dejará definitivamente empobrecidos y en la casa de Infante en Coria del Río se conservan cartas de su madre que reflejan los trajines de la ya viuda para subsistir recibiendo ayuda de su Blas y enviando cajones de productos del campo a su hijo.
Blas estudia en Granada en dos durísimos intensivos cursos toda la carrera de Derecho y algo de Filosofía. Allí se encuentra con el tercer ingrediente de su futuro andalucismo: la cultura de Al-Andalus. Con el tiempo, la visión del jornalero, la obligada trashumancia gitana y la persecución hacia los moriscos andalusíes, llegará a su síntesis de colosal operatividad política. Un escrito posterior (Manuscrito AM, 2ª serie, 22) nos descubre el idealismo del adolescente que persiste en él dándole impulso para su lucha entusiasta por Andalucía. Este texto, que se publica aquí por primera vez, dice bellamente: “Disce: Beatrice, loda di Dio vera—Che non socorri quel che t’amó tanto—Ch`sucio per te della volgare schiera? Beatriz, cántico de alabanza a Dios, en ti hecho carne — ¿por qué no acudes a salvar a quien tanto te adoró y a quien sólo por ti salió del vulgar rebaño? (Dante, Div. Comedia, Canto 2º, Infierno). Pues bien, yo he hecho de mi idea una bella amada, Beatriz de mis ensueños que desde la adolescencia me enamoró. Es a ella, a su amor a quien debo haber salido del rebaño vulgar”. Los subrayados del revelador texto tan confidencial, son del mismo Infante.
LA EXTRAÑA ACTIVIDAD NOTARIAL DE BLAS INFANTE
Con 24 años es notario. Ha alcanzado un pedestal desde el que podía haber renegado de toda su obsesión por una Andalucía empobrecida. “España, que lo regatea todo a los investigadores profesionales, paga muy bien a unos funcionarios, que son los notarios, dejándoles mucho tiempo libre para que puedan investigar” (Manusc. C-31-32). Hasta el final de su vida, una abrumadora tarea de reflexivo estudio para aclarar su acción nos ha legado un mundo increíble de escritos, una complejísima interpretación de la historia, la política, la economía, la lengua árabe, psicología, teología, medicina, derecho, cultura popular, cante… Todo, con un exclusivo fin: transformar la situación de Andalucía desde sus raíces y entrando en ellas con un sentido universalista y concretísimo.
Desde 1910, ejerce de notario en Cantillana. Viajando del campo a Sevilla asiste a los brotes andalucistas en su Ateneo. Cuando Infante hace crónica de los pasos dados por el andalucismo, señala una fecha: el discurso de Mario Méndez Bejarano en los Juegos Florales de 1909 como “la primera y espontánea manifestación pública patentizadora de que el patriotismo andaluz no está muerto”: Así dice en El Ideal Andaluz (p. 349) en su primera edición. (Habría mucho que descubrir sobre la absoluta falta de rigor con que se han dado a luz dos de sus tres libros publicados ahora. El Ideal Andaluz está falto de trece capítulos, 130 páginas cualitativamente importantes. Orígenes de lo flamenco y secreto del cante jondo, editado por primera vez en 1980, no abarca la totalidad del original y ha sufrido una peligrosa alteración en dos de sus páginas más reveladoras –(120-121)-, precisamente las únicas comentadas con nota de intencionalidad política). Esta época de Infante –días de Ateneo floreado y culturalista, de media burguesía- va a durar poco. Unos tres años siempre dialectizados por la visión sombría del jornalero. Este período va a ser, aunque breve y juvenil, el más venteado y amado por la derecha andaluza desde 1976. Infante vivirá veintidós años más; escribirá y publicará; actuará públicamente cada vez más comprometido con el andalucismo y más radicalizado, pero de ello no se darán por enterados quienes lo utilizan violentándolo según sus intereses.
GEORGISMO Y RUPTURA CON EL ATENEO
Cuando presenta una Memoria al Ateneo sevillano, estalla la crisis. Estamos en el 23 de Marzo de 1914 y Gastalver ataca en la revista ateneísta Bética ese escrito de Infante. La tal Memoria será el primer libro de nuestro político. El Ideal Andaluz, aún tímido y mozo, aún condicionado por la edad y el ambiente, para los intelectuales de la derecha es “el más destacado e interesante de Infante” (Cuenca Toribio). Si no fuera notoria la honradez de Cuenca Toribio, creeríamos en otra motivación distinta del puro despiste al juzgar así la obra primera de Infante. Porque el mismo Infante, en el mismo libro (p.39) lo llama “mal escrito, hecho de prisa, sin calma ni prolijo estudio”. En tal juicio reincide el propio autor en los nn. 51 y 52 de Bética. En el manuscrito AAY-5 (que se da la imprenta ahora por vez primera), cuando Infante recuerda estos años, dice: “Los tradicionalistas nos miraron con simpatía atendiendo a nuestro nombre, pero en cuanto empezaban a penetrar nuestra doctrina huían desolados”.
Todo el platillo y bombo con el que ha sido coreado un Infante inventado, han sido sordina y precaución frente al verdadero. A este último no hay que buscarlo sólo en ilegibles manuscritos inéditos (que no están a mano de todos) sino en otra obra, reeditada dos veces desde 1979. La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, páginas de un radicalismo pleno de claridad y honradez, páginas jamás citadas, libro tan vendido como maldito.
Últimamente han pretendido reducir la doctrina de Infante a un georgismo o fisiocracia pura y simple, acríticamente aceptada. El tema merece detenimiento “Henry George, en medio de la desesperación del campesinado norteamericano del Oeste a finales del siglo pasado, había desenterrado del camposanto de la Economía francesa del s. XVIII, el llamado impuesto único” (Acosta). Durante los años de Infante en Cantillana, el máximo georgista español, Antonio Albendín, ingeniero agrónomo, había llegado a dicho pueblo interesando a nuestro notario en esta doctrina. Con ocasión del Congreso Internacional Georgista (Ronda, 1913) el mentor de la Patria Andaluza busca una primera síntesis socioeconómica y dirá: “La tierra más fértil de España está cerrada al trabajo”, “los toros se engordan en las tierras que se niegan a los hombres forzados a emigrar”. Y añade algo de color reconocible: “Ha llegado la hora en que el hombre se emancipe del yugo del hombre”. La profunda inquietud social del georgismo, el prestigio de una izquierda americana que contaba con sus mártires, Sacco y Vanzetti, el punto céntrico que en la fisiocracia ocupa el problema de la tierra (secular espina andaluza) empujan a Infante a ingresar en la “Liga del Impuesto Unico”. Ello le va a sellar para bien y para mal en estos primeros trances. Por ejemplo, en “el interclasismo inicial del regionalismo andaluz y su adscripción a las capas medias de la población”, (Arcas) su interpartidismo de entonces, su elitismo intelectualista.
Infante llega a creer que “la tiranía va a concluir: los burgueses que antes eran enriquecidos por los obreros, se ven forzados a alimentarlos ahora. Juntos marcharán, por tanto, a conquistar la tierra, los trabajadores y los capitalistas, guiados por los intelectuales” (revista El Impuesto Unico Nº 19, dedicado al Congreso de Ronda). El estudio de F. Arcas sobre El Movimiento Georgista y los orígenes del Andalucismo (Caja Ahorros de Ronda, 1980) ya demuestra la lucha en el seno de la Liga entre dos corrientes. Infante se alinea con la menos idealista contra la que Joseph Fels (multimillonario inglés protector de la Liga) arremete “de manera casi violenta” defendiendo la “pureza religiosa del georgismo que no ha de mezclarse con la política actual” ni siquiera en lo municipal (Cf. El movimiento Georgista y los orígenes del Andalucismo, pp. 33, 48, 69; 40,45, 60, 64; 69).
ANDALUCIA NO ERA AMERICA
La publicación de El Ideal Andaluz rompe la relación con el andalucismo exquisito del ateneísmo sevillano y –pese al tímido despegue que aún supone respecto al georgismo puro-, provoca un enfrentamiento duro entre Antonio Albendín, máximo líder georgista español, y nuestro notario. “Efectivamente, si bien Blas Infante y el núcleo sevillano hacen suyo el ideario de George y lo aplican a la realidad andaluza, en una fase posterior van a superarlo y a subordinarlo al ideal regionalista, incorporando nuevas ideas económicas” (Arcas, 137). Desde entonces, en la revista que dirige, y prácticamente escribe Albendín “son abundantes las observaciones críticas ante unas iniciativas que parecían heterodoxas para el portavoz autorizado del georgismo” (Id., 137). En el número de El Impuesto Unico de Marzo de 1915, la “Sección de Sevilla” de la Liga afirma que “no admiten jefaturas ni pontificados” y que “estando de acuerdo en cuanto al fin, en cuanto a los medios se pondrán circunstancialmente en relación con el medio circunstancial que les rodea”. La liga, en el mismo número de la revista, “estima equivocado el camino de mezclar las miras fisiocráticas con las de reconstitución nacional”. Es que ese “medio que les rodea” a los georgistas sevillanos es Andalucía y ello (como siempre) es el punto de gravedad de Infante y los suyos. No hay otro dogma que la realidad andaluza. Ni fisiocracia ni socialismo ortodoxo importado. Jamás primará la ideología sobre los hechos y los datos andaluces.
Coincide el pronunciamiento de los Centros Andaluces por el “nuevo nacionalismo” (1916) con la visita a Sevilla de Albendían para ver de corregir las desviaciones de “un grupo de Sevilla capitaneado por don Blas Infante” (El Impuesto Unico, Julio, 1917). A todos estos datos que Arcas aporta, añadimos ahora dos manuscritos inéditos de Infante que incluso desmienten la versión de Albendín en el mismo ejemplar de la revista, según la cual “reina entre los dos bandos la mayor cordialidad”. Se trata de los manuscritos AAU y AAV. Son toda una revelación. EN el AAU, se lee: “La conciencia de nuestra autonomía nos releva de toda explicación”, “nuestra organización (de la Sección de Sevilla) es esencialmente democrática y no concedemos a los cargos de la Junta Directiva más valor que el meramente representativo y tomamos nuestros acuerdos por mayoría de votos en secciones semanales”, “no acatamos jefatura ni, mucho menos, pontificados”, “la disciplina entre nosotros es perfecta, es decir, gozamos de la única disciplina perfecta: la que es hija de una misma convicción y de una misma libertad”.
Tras una definición de la disciplina de tan grueso calibre, leemos una advertencia atinadísima: “Evitar incurrir en la monotonía de repetir al pueblo los mismos conceptos con iguales palabras; estamos prontos a encarnar en la realidad de los hechos nuestra idea”. Tras atacar “la intransigencia especulativa de un dogmatismo irreductible”, pasa a exponer sus acciones ante el Ayuntamiento de Sevilla. Y es que una espoleta para la reacción inquisidora de Albendín ha sido la “Moción dirigida al Ayuntamiento de Sevilla señalando los recursos con los cuales deberá ser sustituido el impuesto de Consumos y satisfacerse las responsabilidades del Empréstito para la Exposición Hispano Americana”. Esta moción, junto con una serie de Informes de la Sección de Sevilla, y de su miembro Rafael Ochoa fue publicada con el título Remedios propuestos por la Liga Española para el Impuesto Unico (Sección de Sevilla) para resolver el problema actual de las Haciendas locales en España (Tipografía Jirones, Sevilla, 1914, 27 páginas). Frente a esta iniciativa, escribe Infante, “en el último número de la revista El impuesto Unico, el dogmatismo se revela”. Pero, “conste que nosotros no aceptamos la doctrina de George por ser él quien la proclama sino en tanto en cuanto los Principios de esa doctrina traducen los postulados del sentido común”. ¡Ya está aquí el eterno crítico antidogmático que es Infante…! Con fina ironía, ante los empecinados teóricos, dirá el notario: “Los locos, entre sí, son cuerdos” (Manusc. AAÑ-27).
El manuscrito AAU –que se alarga en cuestiones técnicas hacendísticas concretas- parece destinado a la publicación. Por eso, es prudente. Pero un pequeño papelillo tamaño octavo, fragmento de escrito más extenso entre los manuscritos mayores, entra con total audacia en el fondo de la controversia y nombra sin tapujo al mismo Albendín. Se trata del AAV-1-2 que trascribimos en su zona más significativa: “¿Qué pierde la Liga para el Impuesto Unico con que la fuerza Regionalista tenga su dogma por contenido social de su programa? ¿Qué perderá si los partidos todos lo aceptasen? ¿Sería mejor para su causa que el Regionalismo Andaluz se desarrollara sin defender esa doctrina? ¿Ha hecho mal el Partido Liberal Inglés adoptándola en principio como suya? ¿Es que la Liga aspira a concluir con los Partidos todos? Se dice que un programa de redención regional no debe contener un dogma de justicia univeral. Pero, ¿cuál es la misión de la nueva política sino resolver cada una en el radio a que su acción se extiende el problema social? ¿Es que es posible un acuerdo mundial para establecer la Justicia Universal? No tema el Sr. Albendín (quien pone de falso al georgismo sevillano), no hay motivo para el empleo de sus palabras gruesas con que, siguiendo su método, insulta con imputación de falsedad a la Sección de Sevilla que dio pruebas de mejor o, por lo menos, de tan buena ley como el que más”.
“
A partir de 1917, apenas si el órgano de la “Liga Española” se ocupa del andalucismo. Nada se dice de la Asamblea de Ronda (y la revista se editaba en Ronda donde Albendín residía) en 1918 y de la Asamblea Andalucista de Córdoba se reproduce tan sólo un fragmento de la ponencia de Pascual Carrión sobre El problema agrícola andaluz (Arcas, 141-142). Pero es que en Córdoba, se llega al más claro nacionalismo andaluz y, manteniendo fuentes georgistas, se incorporan nuevas medidas porque “hasta el impuesto único sobre la tierra desprovistas de mejoras, como lo proponían los fisiócratas y sobre todo el ilustre George y nuestro Flórez Estrada, que sería excelente solución en una región de propiedad por concentrada, no surtiría aquí sus beneficiosos efectos sino hasta pasados algunos años”, diría Pascual Carrión (Estudios sobre la Agricultura Española (1919-1971), Eds. de la Revista del Trabajo, M. 74, pp.36-7). En el Diario de Huelva, 8-III-1916, p.1, se lee en el programa del Centro Andaluz de Sevilla: “…el cultivo de la tierra con algo (subr. Nuestro) de impuesto único”.
En la Liga Española para el Impuesto Único coexistían dos realidades: una doctrina económica y una opción política. Infante y los suyos acometen la reforma de ese conjunto. Para ello, beberán en la realidad concreta de Andalucía y en otra fuente (curiosamente también antipartidista), el anarquismo. Muy fuerte en Andalucía, es acogida con gran entusiasmo por Infante, “la lógica anarquista actual es otra, como lo demuestra la desaparición de los atentados ácratas, tan frecuentes en el principiar de nuestro siglo. Sindicatos para defender intereses próximos y un anhelo firme de cultura emancipadora” (La verdad sobre el complot de Tablada… p. 119). Por otra parte, Bakunin, en el Congreso de la Internacional de 1868, se había manifestado contrario a la propiedad individual de la tierra, de las minas y de los servicios sociales, cuánto más del monopolio. Todas ellas, doctrinas también georgistas.
Frente al apoliticismo de la Liga, politización a través del municipio; frente a las invocaciones a una justicia universal directa con la consiguiente abstracción, concreción regionalista andaluza; frente al elitismo intelectualista, después de una inicial esperanza en que “los intelectuales y los artistas andaluces” “dirijan espiritualmente al pueblo” y “acabe su literatura estéril, decadente, monótona canción de grillos” (El Ideal Andaluz, pp.294-5, 1ª Ed.). Infante les apostrofa con dureza en el Manifiesto Nacionalista del año 1918 al hablar de “la pseudointelectualidad andaluza y española de espíritu castrado y alma cobarde”. La fundación en 1931 de las Juntas Liberalistas rompe con el apoliticismo inicial, la invitación a los liberalistas a que se concreten en el Partido Republicano Federal (en que él ha ingresado) acaba de aclarar su reforma de la opción política del georgismo oficial.
En cuanto a la doctrina económica, pensamos que la reforma de los andalucistas es más matizada que la acometida con la postura política de la Liga. Ciertamente, la adecuación al momento andaluz radicaliza las medidas que van más allá del Impuesto Unico. En esta campo, Infante va a hallar dos principales colaboradores de primera fila: Juan Díaz del Moral y Pascual Carrión. Y va a tener una ocasión importantísima de lograr la implantación por Ley de Cortes de su solución al problema de la tierra, del latifundio.
LA REPUBLICA Y EL PROBLEMA DE LA TIERRA EN ANDALUCIA
En Mayo de 1931, el Gobierno estableció la “Comisión Técnica Agraria para la solución del problema de los latifundios”. En ella, figuraban los andalucistas Díaz del Moral, Pascual Carrión, B. de Quirós y Blas Infante como primero de ocho juristas. En Julio, presentaba ya un proyecto que Tamames califica “de gran lucidez, profundo y simple, de soluciones reales”, Malefakis ve en él “la propuesta agraria más prometedora de la República”, “medida revolucionaria, técnicamente excelente”. El mismo Infante, entrevistado en Nuevo Mundo (19-VI-31) dice: “Se impone la restitución al pueblo andaluz inmediatamente, de la tierra que le fue sustraída. La medida reparadora ha de ser originariamente simplista, como lo fue el despojo”, “sin burocracias y estúpidos y complejos expedientes”. Y en El Sol (11-VI-31) declara: “Todo latifundio andaluz es ilegal en su origen”, “hay que devolver al campesino andaluz la tierra que le fue arrebatada por derecho de conquista”, “mire a Europa: en el siglo XIX, quince naciones monárquicas hicieron la reforma territorial y no sucedió nada”.
El proyecto de la Comisión “posibilitaba arraigar en tres meses un número de familias campesinas no inferior a 60.000”, dice Malefakis. Este era el plan:
- Limitar la reforma a las zonas verdaderamente latifundistas (Andalucía, Extremadura, Ciudad Real y Toledo), con extensión posterior a otros territorios.
- Propugnar la ocupación de duración determinada, sin expropiación (imposible entonces de financiar).
- Explotación diferenciada según secano o regadío, extensión, etc., en régimen individual o colectivo que respeta arrendamientos de pequeños propietarios y abre un proceso de socialización.
- Financiación de la reforma por impuesto sobre las rentas de la tierra superiores a las 10.000 pesetas.
- Simplificación de trámites y burocracias al máximo, autogestión.
Pero, en la víspera del pleno de Cortes que había de discutir el Proyecto, Lucio Martínez (Secretario de la Federación Nacional de los Obreros del Campo de la U.G.T.), en la página 12 del diario Crisol, (M., 21-VIII-31; ver también El Sol, 1-VI-31, p. 1), contraataca: “El proyecto pretende dar tierra a 75.000 familias antes del 1 de Octubre” y “la necesidad acucia a 200.000”, (el Proyecto empezaba por esas 75.000), “no estoy de acuerdo con que sólo comprenda diez provincias, debe de hacerse para toda España”, (la base segunda determinaba extenderla por Decreto al resto del Estado), aunque reconoce “el esfuerzo de organización” y el medio de recaudación financiera “como el mayor acierto”. Curiosamente, en la misma página de Crisol, aparecen los ataques al Proyecto por parte del Partido agrario (católicos), radicales y radicales-socialistas. Y ¡la “detención en la Cruz del Campo de Sevilla de los campesinos andaluces capitaneados por el doctor Vallina”!. Al siguiente día, 22, se declaraba en Sevilla el estado de guerra.
Seguimos en plena tarea de la Comisión. Lucientes entrevista en El Sol a D. Miguel Sánchez Dalp (12-VI-31, pp 1 y 8), “cuya existencia discurre en un palacio de Sevilla, lujoso alcázar del Renacimiento andaluz”. Don Miguel declara: “En 1900, era una delicia: el campesino, dichoso con tres reales de jornal y los “avíos”: aceite, sal, ajo y vinagre para el gazpacho. Trabajaba sin tregua… Ahora, todo está imposible. Los decretos de Largo Caballero han sujetado un poco”. A los tres días, en el mismo diario, entrevista a E. Fernández Egocheaga (U.G.T.), dice: “La obra de Largo Caballero rinde por días resultados magníficos”. Lucientes recoge en el Círculo de Labradores el 9 de igual mes y año, esta indicación: “Visite al doctor Vallina. Es un tigre que anda suelto” (pp. 1 y 3, El Sol, 9-VI-31). Le visita: Vallina declara: “El campesino, hoy, confía en la República ¿Mañana? La República dirá” (El Sol, 9-VI-31, pp. 1 y 3). Vallina, “el tigre, como los privilegiados le denominan” -dice Infante- merece ocho páginas entusiastas suyas (Tablada, pp. 105 a 112). Infante, ante la inoperancia gubernamental, quería “la reforma de la agricultura por decreto” porque “mientras los conejos discuten, llegan los perros”. Y termina: “Acuso al Gobierno de estar elaborando los elementos de una guerra civil” (Tablada, pp. 50 y 103).
La oposición de fuerzas reformistas de izquierda y los partidos de derecha, sumada a la ausencia de un partido fuerte que lo apoyara, provocó el boicot a este esperanzador proyecto.
EL FONDO DE LA CUESTION
Detrás de las disposiciones jurídicas y técnicas había una mentalidad que conviene resumir porque es de una gran riqueza: como lo fue en un principio (antes del ejercicio del llamado “derecho del primero que lo coge”, ius primi capientis), la tierra será un bien común. Como el aire y el sol, será un bien público. Con la tierra ha sucedido lo que puede ocurrir ya con el sol al empezar a explotarse como fuente alternativa de energía. Hagamos una excursión al futuro. Imaginemos que la rentabilidad del sol como origen de nueva energía es tal que el Gobierno (¡o la Junta de Andalucía…!) cede a una compañía americana la explotación en monopolio de planchas solares en Ecija. La ciudad del sol, hasta hoy gloriosa de luz y calor, acabaría en perpetua niebla; de sartén pasaría a frigorífico; cambiando el clima, cambiaría la flora, la vida entera de los ecijanos, vueltos lapones repentinos. Un bien común habría sido acaparado. El destino de un pueblo alterado. Así fue con la tierra. Por ello, Andalucía ha visto cambiada su historia desde los repartimientos de la conquista castellana y las desamortizaciones del siglo pasado. Un problema económico, un mayúsculo problema humano, que ha configurado un pueblo hasta violentarlo secularmente sobre una tierra feraz, exigen un tratamiento radical de fondo aunque pueda ir por pasos medidos tal como los concretados en la reforma de la Comisión antedicha.
La tierra desempeña una función social de primer orden en zonas como Andalucía. Su cultivo es un servicio público, un “bien nacional que ha ido a manos de propietarios territoriales que, en general, han buscado la tierra no para cultivarla, sino para hacerse con más seguras rentas”, decía Pi y Margall. La tierra es un instrumento de trabajo y nunca puede ser un origen de renta. Sin necesidad de mejorar una finca rústica o un solar, con sólo ponerla en coto con un guarda jurado o cercar el suelo urbano y esperar pasivamente las mejoras forzosas de la urbanización en torno que la sociedad introduce, las rentas crecen. Es la sociedad la única legítima propietaria de la tierra. A ella debe volver. Pese a que los campesinos habían identificado República con reparto de las tierras, el andalucismo histórico es partidario de la imposición de un fuerte tributo sobre las grandes fincas que obligue a ponerlas al máximo grado de explotación para poderlo satisfacer, de la socialización de las tierras cuyos propietarios no satisfagan tal tributo, de la propiedad municipal de tales fincas y su explotación por sociedades obreras asesoradas y financiadas por un Banco de Crédito Agrícola. Reparto, nunca: la historia enseña que, a la tercera generación, el intrigante, el prestamista, el listo de turno, acaba ensanchando su dominio quedándose con las parcelas limítrofes y vuelve a recomenzar el proceso.
EL NACIONALISMO ANDALUZ
Hemos visto la radicalización que Infante añade al georgismo inicial de 1913 y al andalucismo medioburgués de 1910. Es hora de matizar otra radicalización: su nacionalismo. Será ello, a partir de la fundación de los Centros Andaluces y llegará a una primera cumbre en las Asambleas de Ronda (1918) y Córdoba (1919).
Antes de nada, es preciso aportar nuevos datos que aclaran los titubeos de Infante hasta decidirse por el término nacionalismo. Para ello, acudimos a un manuscrito inédito que ilumina zonas hasta hoy desconocidas de su pensamiento. El valor de este escrito es especial por estar destinado a sus más inmediatos colaboradores y no a la publicidad. Así dirá él en el libro sobre el pretendido complot de Tablada (p. 188): “Destino de un pequeño grupo de amigos con carácter de intimidad”). Infante lo tiró a multicopia durante la Dictadura de Primo de Ribera, con los Centros Andaluces clausurados “por la barbarie dictatorial” (Infante, El Liberal, Sev., 21-IV-31). Del documento se va a ofrecer una larga cita que sea muestra de la minuciosidad, rigor y originalidad de nuestro autor. Conviene aclarar que, aunque redactado después del año 23, se refiere a los años 13 y 17 y aporta datos del despegue andalucista que se operó en ellos. Por otra parte, es muy representativo de toda su actuación y literatura, y explica cuatro claves constantes en él: 1º Su afán investigador de la cultura específica de Andalucía; 2º Sus titubeos frente a los moldes usuales del organigrama político (partidos, elecciones, gobierno, terminología…), reservas que mantiene al menos hasta 1931; 3º Su fondo anarquista pacifista; 4º Su especial internacionalismo equilibrado por la concreción andaluza. Sin mayor introducción, vaya la cita (Manusc. AAY):
“Si hubiéramos querido, habríamos identificado a Andalucía como una nación y aún llegado a confundir su interés nacional con las acostumbradas reivindicaciones, que denominan realidades, (subr. él) los políticos; v.gr. con el proteccionismo a ultranza de los trigos, de los vinos y de los aceites y con el mantenimiento del régimen (subr. e ironiza él aludiendo al proteccionismo catalán y su imitación castellana y andaluza por los terratenientes) territorial consagrado por la conquista, incluso llegando a probar, como algunos lo intentaron, que en Andalucía ¡no había latifundios! (…) Los latifundistas, los especuladores de tierras y frutos, los asesinos de la agricultura y del verdadero agricultor andaluz (mendigo de tierra, pegujalero o jornalero), ¡cómo se hubieran apresurado a formar en nuestras huestes con sus cámaras de dinero…! Buenos Centros Andaluces, de cajas repletas y no sempiternamente vacías (…) ¡Cómo hubieran prosperado, además, nuestras profesiones e industrias…!”.
“Los pueblos del Norte, sobre todo, aspiraban tenazmente a recobrar su personalidad negada poco a poco por los herederos y discípulos de la Reina Católica (cuya personalidad y cuyo reinado se encuentran en trance de revisión). Aquellos pueblos, para poder llegar a expresarse actualmente, habíanse llegado a definir conforme al Principio de las Nacionalidades. Y Nación y región eran categorías correspondientes a una mayor o menor vehemencia, en cuanto a la aspiración o sentimiento que condicionaban el anhelo de una autarquía correspondiente a aquella personalidad (…) El Regionalismo estaba en el ambiente. Entonces, (…) nosotros vinimos a acordar que defender la Tierra de Andalucía es defender la base de su libertad, es expresar su primaria aspiración a ser. Antes de que otros vengan a enarbolar su bandera regionalista, hagámoslo nosotros, aunque nos repugne ese nombre; y, de este modo, impediremos que los intereses contrarios se apoderen de esta bandera procurando que los estímulos que ella despierte, en vez de venir, como sucedería si aquellos intereses la tomaran, a apoyar un nacionalismo o regionalismo al uso, sirvan para la obra efectiva de liberar espiritual y económicamente a los individuos (subr. Infante) que componen el pueblo andaluz. (…) Y nos llamamos regionalistas o nacionalistas, (subr. Infante) pero como la Andalucía que vivía en nosotros no era la artificiosa que hubiera resultado de una elaboración verificada según las normas del Principio de las Nacionalidades sino su ser verdadero (…), nuestro regionalismo o nacionalismo apareció como algo extraño que se apartaba del concepto corriente, como una aspiración o una doctrina que poco o nada tenía que ver con los demás regionalismos o nacionalismos peninsulares. Como que Andalucía había influido en nosotros libremente sin ser deformada por el instrumento de interpretación implicado por aquella teoría europea o Principio de las Nacionalidades”.
(Recordemos que el Principio de las Nacionalidades fue uno de los “catorce puntos” del Presidente de E.E.U.U. Wilson (8-I-1918) acabada la Guerra Europea, entonces juzgada trance de giro histórico).
“Los tradicionalistas nos miraron con simpatía atendiendo a nuestro nombre, pero en cuanto empezaban a penetrar nuestra doctrina, huían desolados. (…) A medida que nos iban descubriendo, éramos excomulgados y puestos en un Indice de los ilusos y los idealistas”.
“Tuvimos que fundamentas doblemente a Andalucía: como Nación o Región, conforme el Principio de las Nacionalidades; como ser o genio (subr. Infante), término que llegamos a emplear entonces demostrando, mediante revelaciones culturales de idéntica inspiración la existencia continuada a través de milenios de un mismo Estilo (subr. Infante) en Andalucía. Estilo tan diferente del resto peninsular, que bien podrá aparecer cierto el dicho de Ganivet: Más bien hay en la península dos naciones: una, al Norte, España; otra al Sur, Andalucía”.
(Este último “fundamento de Andalucía” -el ser, genio, estilo- será el que Infante acuñará como auténtico. No se trata de un elemento abstracto, culturalista o idealista. Todo lo contrario. Véase la aclaración siguiente).
“No se nos oculta la falsedad del Principio de las Nacionalidades. Sólo circunstancialmente acudimos a él. (…) El Principio es un comodín y a él acudimos nosotros para defender en su nombre la libertad andaluza”.
“La reflexión sobre las vagas figuras lógicas, aisladas o sustraídas de la consideración del fenómeno, había motivado el descubrimiento de un Principio o una Teoría de validez universas, criterio o instrumento natural (quiere decir objetivo, materialista o científico) para discernir la individualidad de los pueblos, y por consiguiente, de las autarquías. Sin casi pensarlo habíamos llegado a alcanzar un substituto verdadero del falso Principio de las Nacionalidades. Lo denominamos Principio de las Culturas, en oposición al de las Naciones”.
“La Teoría de las Naciones fue originariamente una reacción de los intereses políticos tradicionales contra la Francia de Napoleón. El Congreso de Viena vino a ser su consagración primera”. Era “artificio o construcción aparte de lo natural”.
Infante es consciente del simplismo con que se han aceptado ideológicamente unas fronteras trazadas por los Metternich o los Talleyrand -”ese bárbaro principio europeo de las naciones”-, que dirá en su Carta Andalucista de Septiembre de 1935. Simplismo, que, no exigiendo partidos “europeos” unitarios, impide “partidos andaluces” tachados de ruptura de la clase obrera (!). Para el esclarecimiento del asunto, Infante trae luces importantes. El ideólogo del andalucismo es consciente de que “los nacionalistas norteños peninsulares quedaban desconcertados, confusos”, “al tratarse de un regionalismo o nacionalismo no exclusivista, universalista, antinacionalista”, “paradójico” (Tablada, pp.68-70, passim). Desconcierto que prosigue en 1980, cuando periodistas de la talla de Calvo Hernando en el coloquio con Rojas Marcos del “Club Siglo XXI, improvisaba hablando de “esa cosa extraña del andalucismo”.
- “No habían sido las naciones quienes habían constituido los Estados, sino éstos los que habían constituido las naciones, la ambición de los Estados, mejor dicho, de los personificadores del Estado, legitimada en Occidente por el hecho-fuerza de la Roma imperialista”.
- “Nos convencimos de que la nación no era una realidad del orden natural o vivo, sino una pseudo-realidad, una realidad sofista”.
- “La Historia política no puede llegar a explicarse por la Nación sino las naciones quienes habían constituido los Estados (ni un solo ejemplo en la Historia) sino los Estados quienes habían venido a constituir las naciones”, (AAY-20).
- “Un método seguro para averiguar a qué orden de realidades corresponden las actuales naciones, sería el experimentar su consistencia, su realidad en sí. Para ello sería preciso desintegrarlas previamente de sus respectivos Estados. Si la nación fuese una realidad natural y, por consiguiente, primaria, y el Estado fuera la representación natural de las naciones y si las actuales formaciones nacionales, fueses organismos vivos, ellas vendrían a definir por sí mismas su objetividad y a expresarse por sí mismas sin sus respectivos Estados y el número de éstos llegaría a coincidir aproximadamente con los que hoy constituyen la Magna Civitas. “Practiquemos estas instrucciones con respecto a todas las de Europa ¿Cuál sería el resultado? ¿Volverían a reconstruirse las naciones actuales o las previstas buscando cada una de ellas una expresión en el Estado presente o en el pasado? Indudablemente, no ¿Qué ocurriría entonces? Avanzando el desarrollo extensivo o intensivo de la conciencia social y contando como cuenta actualmente este desarrollo con grandes recursos técnicos (en definitiva, medios de comunicación), lo natural sería la producción de este fenómeno: los núcleos ciudadanos más próximos, la ciudad, sería la única infraestructura que resistiría a la prueba”.
“Lo que fraterna (sic) y acerca a los individuos entre sí es la identidad (de) educación, la cual aproxima más que la misma igualdad de sangre ¿No es natural (subrayados de Infante) respecto a los núcleos primarios de las gentes? Ahora bien, esas estructuras cuya figura vemos surgir tras la sustracción de los estados y de su recuerdo en las actuales naciones de Europa, ¿son naciones? Sus elementos determinantes ¿son las naciones? No. Esas formas espontáneas, vivas en la consciencia individual, no son naciones, son culturas” (Subrayado nuestro).
“Lo que ocurre es que inmediatamente que el Estado fuerza a una vida en común, a una conglomeración (subr. él) de pueblos o de gentes (Laurent) aislándola de los demás, se establece entre los términos de este conglomerado un vínculo social (subr. él) resultante de una vida en común o sujeta al imperio de ciertas necesidades comunes. Y de aquí, reacciones comunes que pueden llegar a perseguir incluso finalidades políticas, ordenadas al mejoramiento de las condiciones sociales; pero esta actividad es meramente social y se operará siempre que existan reunidos dos hombres aislados en cualquier lugar de la tierra aunque sean de las razas más opuestas y de los genios más distintos. Esto es Sociedad y no Nación (subr. él). Es decir, este accidental elaborado por un instinto universal, el de sociabilidad, y no particularmente (el constitutivo de nación). Este accidente duraría tanto como persistan las condiciones determinantes del forzoso aislamiento. Desaparecidas estas condiciones, cada hombre o cada grupo en contacto libre, con todos los demás, se insertaría en aquel compuesto social cuyo pensamiento (genio, ser, estilo, lo llama Infante en otros pasajes del mismo escrito) le fuera más próximo. Este es el sentido de profundo de la vieja máxima Patria est ubicumque est bene, la Patria está donde está mi bien. Es decir, iría a buscar la complementación (fin de la sociedad) de la cultura o de la inspiración cultural (subr. él) que más completo responda a su propia inspiración”.
Las profundas simpatías Infante-Bakunin –que se verán refrendadas por el apoyo de los anarquistas andaluces a la Candidatura de Infante a las Cortes en 1931-, se ratifican como en otro lugar (Enciclopedia de Andalucía, artículo Infante), hemos estudiado el tema más a fondo. Sirva esta única cita de Bakunin (Revista Askatasuna, Abril, 1980, nº 9. p. 22):
“El estado no es la patria, es la abstracción, la ficción metafísica, mística, política, jurídica de la patria. Las masas populares de todos los países quieren profundamente a su patria, pero esto es un amor natural. No se trata de una idea, se trata de un hecho. Por él yo me siento francamente y sin cesar, patriota de todas las patrias oprimidas” (Mijail Bakunin).
“A la actividad social particularizada por la fuerza del Estado, el Estado la denomina actividad nacional (subr. Infante). Y es más aún: después de erigirla de este modo en una substancia distinta, actúa sobre ella infundiéndole motivos en inspiraciones particularistas que no favorecen a la sociedad sino exclusivamente a las miras del Estado (religión particular, economía particular –proteccionismo-, ética particular, historia particular), en una palabra, patriotismo, nacionalismo. Y así, el Estado, trabajando sobre la realidad social, fragua un fantasma, La Nación. La Nación no es más que una mentira del Estado. Un medio, una materia, un apoyo a los intereses, que personifican al Estado Político (subr. él). Porque este Estado no es una abstracción. Es la forma de concretos intereses que, para nutrirse arbitrariamente de los jugos sociales, han inventado una justificación fingiendo la existencia de una realidad viva y palpitante cuya representación se arroga: la Nación”.
“Esta operación la viene realizando el Estado desde que, mediante la Revolución, la sociedad llegó a apercibir que el pueblo (la junta concordada y unánime de la multitud; Escipión, según San Agustín) se definió como una soberanía (subrayados todos de Infante) sobre la del Estado de derecho divino, denominado nación a este aspecto de su existencia. El Estado político tuvo que apoyarse entonces sobre este aspecto de la existencia popular; lo estatificó (subr. él); lo erigió en substancia viva permanente, en una palabra, creó la nación y en su nombre siguió ejerciendo el Poder social. Es decir, el Estado no se transformó esencialmente. Siguió personificando los mismos intereses. Fue una nueva vestidura o un trance más de una nueva justificación. Primer trance: Derecho Divino de los Reyes. Segundo trance: Derecho Divino de Reino. Tercer trance: Derecho Divino de la Nación. Tres derechos distintos y uno solo en realidad: la arbitrariedad de los intereses que personifica el Estado sofista impidiendo así el advenimiento del Estado natural”.
El análisis de Infante –en una prosa difícil- es agudísimo. Desde ahora y ya, pueden ser juzgadas algunas afirmaciones sobre Infante como estas:
“Es inútil buscar caminos de soluciones para los problemas andaluces en la obra escrita de D. Blas”: “Fue un soñador para un pueblo”, sin “títulos idóneos para colocarle en el panteón de hombres ilustres por la fuerza del pensamiento”, “por el escaso vigor de su planteamiento”, “por la minúscula irradiación de su pequeña cruzada” (Combates para Andalucía, Cuenca Toribio, Córd., 78, pp. 142-144, passim). Afirmando esto y llamándole “abnegado, noble, sucedáneo de georgista”, etc. (Andalucía, una introducción histórica, Córdoba, 79, pp.86-87), parece que no nos encontramos ante el Padre de la Patria Andaluza, y se comprueba cómo por mucho tiempo, hemos caído en incompletas, injustas, precipitadas, etc. síntesis del pensamiento infantiano.
NACIONALISMO CATALAN Y NACIONALISMO ANDALUZ
En 1913 Francesc Cambó, líder de la Lliga catalana, representante de uno de los nacionalismos del Norte, visita el ateneo Sevillano. De él vendrá una propuesta de alianza que reportaría apoyo económico. Infante tuvo en sus manos la solución para las arcas vacías de los Centros Andaluces cuando Cambó volvió de nuevo en 1917. Porque “para costear cualquier labor pro-Andalucía, teníamos que acudir a imponer contribución sobre nuestros bolsillos escuálidos” (AAY, 1). Pero rompe con el tipo de nacionalismo que Cambó importaba a Andalucía al verle comer con “gente burguesa de tripa ecuánime” (J. Andrés Vázquez, El Imparcial, 7-XII-17)… Infante está ya encarando el tema de la Revolución soviética al ver el interés que ha despertado en el campesino andaluz. En 1921, sus estudios darán el fruto de un libro (La Dictadura Pedagógica) que analizaremos.
LA ASAMBLEA DE RONDA, 1918
En Junio de 1916, los más inquietos colaboradores de Bética, con Blas Infante y García Nielfa a la cabeza, se desgajan de la revista y fundan otra, Andalucía, “sólo, para los aspectos políticos y económicos del regionalismo” (Soriano Díaz), “plataforma del movimiento obrero del anarquismo”, “con escritos de Pablo Iglesias y F. de los Ríos” (Acosta), “combativa, con una más clara libertad” (O. Lanzagorta). Es el órgano de los Centros Andaluces, acabados de organizar y que se extenderán por Andalucía y la emigración (Madrid –Casa de Andalucía-, Buenos Aires, Santiago de Cuba y Nueva York). Con ellos, Infante pasa a la acción andalucista, el “nuevo nacionalismo” que dirá en su conferencia el 16 de Junio de 191, publicada en El Liberal, de Sevilla, y repetirá en el Manifiesto de los Centros Andaluces (Andalucismo militante, Ruiz Lagos, p. 148), donde llama “Nación” a Andalucía. En Agosto, habla a los socialistas, anarquistas y comunistas del Centro Obrero Cruz Verde, de Sevilla, y les invita a dialectizar su internacionalismo con su andalucismo a través de la socialización de la Tierra (Andalucía, Nº 3, 1916), tema candente: “Pertenecéis –les dice- a este lugar de la Tierra y a este grupo de la Humanidad; comenzad por su redención. Así, impulsaréis las de los demás”. Y también: “Vosotros que aspiráis al comunismo integral, a socializarlo todo, ¿por qué no empezáis por socializar la tierra?”
“La mezcla Cambó-Rusia resulta trilita. El Ateneo es víctima de mucho tira y afloja político” (J.A. Vázquez, El Imparcial, 7-XII-1). Bética desaparece. Si, en el año 13, Infante estuvo a punto de caer en la oferta Cambó, ahora ya no duda. Se reafirma en el carácter popular del andalucismo. Los Centros Andaluces convocan la Asamblea de las provincias andaluzas en Ronda con un manifiesto “que plantea cuestiones poco intelectuales” (O. Lanzagorta): fueron municipales, centralismos, caciquismos, hambre y pan. Sucede todo ello durante la crisis estatal del 17 y la suspensión de las garantías constitucionales. Al restablecerse, en Enero de 1918, se reúnen los asambleístas. En Ronda, estructuran un programa político, social y económico, síntesis de las experiencias habidas y de la herencia de la Constitución Cantonal Andaluza de 1883, a la que actualizan con disposiciones sobre la crisis del campo y hacienda municipal que absorba el valor social del suelo; llaman a Andalucía “país” y “nacionalidad”; asumen la reclamación de Infante y Vázquez a favor de la autonomía “de la Patria Andaluza” ante la Sociedad de Naciones; determinan “la bandera nacional de Andalucía, su Himno, y su escudo”. La letra del Himno incorpora el binomio “Tierra y Libertad”, nombre del más representativo lema y periódico anarquista leído en nuestras gañanías cortijeras.
“Andaluces: levantaos –pedid tierra y libertad-” es una tremenda e inusual frase en los himnos de este tipo. Sin otra intención que la del ejemplo pedagógico del carácter diferencial del nacionalismo andaluz, veamos los versos que compuso Sabino Arana en 1902 (pese a sufrir entonces cárcel) para el himno de Euskadi: “Viva, viva Euskadi, -gloria y gloria a su señor”. Después de leído el himno de los hermanos vascos con solidario respeto, pensemos que sus comentaristas no llegan a acuerdo sobre quién sea el señor de su letra: ¿el Rey de España? ¿Dios mismo? Nuestro himno, indudablemente es “natural”, “verdadero”, “vivo”, “con realidad en sí”, “para la junta concordada y unánime de la multitud”, que Infante vimos escribía en su inédito manuscrito AAY.
En el escudo, herencia ajustable a heráldica pero sin castillo alguno ni más leones que los gaditanos, campea el lema: “Andalucía por sí, los pueblos y la Humanidad”. El mismo Infante comentará en 1921: “El fin de la existencia de un pueblo es engrandecerse por sí, por el propio esfuerzo y el propio dolor, pero no para sí, sino para la solidaridad entre los hombres, entre los demás pueblos. Estas ideas fueron conscientemente aplicadas en Andalucía al constituirse la organización nacionalista andaluza” (Dic. Ped., pp. 230-31, passim).
En Noviembre, el patriota andaluz “grita por primera vez la aspiración viril de nuestro pueblo: ¡Andalucía libre!” (Andalucía, Nº 118), que será “¡Viva Andalucía Libre!” en Córdoba, a los tres meses, con escándalo de un gobernador llamado Conesa (Tablada, p.67). Era “el grito de las gargantas jornaleras” (Id. 67).
Infante –con nuestros otros símbolos- es nuestra expresión. El sün griego significa unidad y el ballo, lanzar. Etimológicamente, símbolo es los que junta en la acción, la expresión conjunta de una fuerza que se mueve. Por eso, el símbolo tiene una utilidad, una función social. No hay símbolo abstracto. El que lo es más (la bandera) encierra concreciones: las defendidas por quien la enarbola. La mutua relación entre los símbolos (bandera, escudo, grito, lema, Infante) son progresivas concreciones de un cada vez mayor nacionalismo. Si Blas Infante Pérez es llamado Padre de la Patria Andaluza no se trata de un trasnochado culto. Es un dato para la gratitud y el olfato operativo. Quiere decir que fue el primero que enunció Andalucía como Pueblo, Patria, formación socioeconómica específica, Historia y sujeto de ella. Quiere decir que en esta tarea se dejó jirones (dinero, trabajos, amarguras y la propia vida al ser asesinado). Que lo hizo el primero y solidario con nuestra gente más representativa en cantidad y en clase, singularmente el jornalero. Y que suya fue la primera síntesis andalucista que provocó la primera acción en busca de soluciones andaluzas para los problemas andaluces. Eso quiere decir: Padre de la Patria Andaluza. Y nada más. Y nada menos. Ni un ídolo indiscutible ni un hombre y pensamiento que puedan olvidarse sin que sufra seriamente nuestra eficacia revolucionaria.
Una pequeña aventura electoral por el distrito Gaucín-Casares en Enero y una gran aventura vital cierran este año 18: Infante tiene novia, Angustias García Parias, rica heredera de Peñaflor, mujer entre el desconcierto de su clase familiar y un dolor más allá de la ejecución y el olvido de todos. La boda será muy pronto, el 19 de Febrero de 1919. La casa de nuestro andalucista se traslada de Cantillana a Sevilla.
El matrimonio se celebra entre dos fechas claves en la trayectoria de Infante: 1 de Enero de 1919 (Manifiesto Nacionalista). Parte de los Parias no encajan la postura política del nuevo pariente.
El 1 de Enero de 1919, Infante redacta y firma primero y destacado el Manifiesto Andalucista de Córdoba, es el “ideario de la Nacionalidad”. Se enmarca en el final de la Guerra Europea y la enunciación por Wilson, presidente de los E.E.U.U.., de sus “Catorce puntos” con “El Principio de las Nacionalidades” y su autodeterminación, (8-I-18). El Alegato de Infante-Vázquez, recogido por la Asamblea rondeña de las provincias andaluzas, ya se apoyaba en los puntos de Wilson. No se quedan en él sino que avanza a objetivos socialistas-andalucistas con los que matizan a Lenin. En esta doble fuente está la médula del documento “que el mismo Infante redactó, de tonos extremadamente duros y posiciones muy radicales” (Lacomba). Básicamente, el contenido es la autodeterminación de la “patria” y “nacionalidad” andaluza hacia “la futura federación hispánica” o “Estados Unidos de España”, la municipalidad del valor social del suelo y “un grito verdaderamente impresionante” (Aumente): “¡Andaluces!: ¡No emigréis, combatid! La tierra de Andalucía es vuestra, recobradla”.
“El Manifiesto va dirigido a los andaluces en general ‘de todos los campos, y partidos’, ‘de ideas más opuestas, unidos en una Andalucía libre y redimida’, si bien, con mayor énfasis a los obreros y, sobre todo, a los campesinos”. “Cuando la confrontación era total… falta un claro y abierto planteamiento de clases” (Aumente). Este juicio nos plantea la grave pregunta: ¿Era entonces interclasista Infante? En aquel momento, daba un paso más hacia un andalucismo de clase: reniega de un sector que él llama “la pseudo-intelectualidad andaluza y española de espíritu castrado y alma cobarde”. Y advierte a las clases acomodadas: “El hambre del pueblo ruge…, si no os apresuráis a hacer justicia, llegará el día de rencores liberados en venganzas”. En este texto a nuestro ideólogo también se le agota el aguante. La vieja tensión con los ateneístas sevillanos y la permanencia de “la visión sombría del jornalero” -omnipresente en todo el Manifiesto-, son ya un revulsivo para los proyectos de este hombre. El encontronazo Gastalver –Infante llega a la ruptura ateneísta con la Asamblea de Córdoba cuyos documentos Gastalver se negará a firmar.
EN LA ASAMBLEA DE CORDOBA
Pascual Carrión informa con su total prestigio y deduce una grave amonestación que recoge la crónica de la revista Andalucía (Nº 134): “Inclinémonos siempre a la izquierda, junto con los trabajadores, nunca al lado de los explotadores”. Tras las intervenciones de Infante y Ochoa –sigue la crónica-, “Gastalver precisó su disconformidad con la orientación expresada y dio por terminada su intervención en la Asamblea”. Naturalmente, ni firmó las conclusiones. Pero se añade un nuevo sujeto activo: la emigración andaluza, a través de la “Unión Regional de Barcelona”.
BLAS INFANTE Y LA REVOLUCION RUSA
En 1920, cargado con su entusiasmo granadino por lo árabe, escribe un ampuloso drama: Motamid, último rey de Sevilla. Angustias, la esposa, se alegra; prefiere un Blas notario y literato que político. Por eso, apunta también en sus preferencias, otra obra menos y de intento pedagógico: Cuentos de animales, (1921), franciscanista. En Noviembre del 17, se había establecido en Rusia el primer gobierno obrero y campesino de la Historia. El hecho conmueve durante cuatro años al movimiento obrero español. Escindirá al P.S.O.E.; hará nacer el P.C.E.; radicalizará el anarcosindicalismo. “1919 y 1920 conocerán el mayor número de conflictos sociales hasta entonces” (Tuñón). Ya en el Manifiesto de Córdoba, se motiva a partir de “la democracia trabajadora de Oriente que organiza la República Federal rusa, constituida sobre la libre federación de las regiones o nacionalidades, organizadas en soviets regionales o locales” (p. 65).
En La Dictadura Pedagógica, 1921, matiza sobre el tema de forma clarividente. Fernando de los Ríos escribe a Infante subrayándole la dificultad de enjuiciar la Revolución Rusa, (Dict. Ped., pp. 26-27). Infante, ya que en los pueblos andaluces no se habla de otra cosa, asume el riesgo. Manifestándose “amigo de todas las Revoluciones, enemigo de la Dictadura Burguesa (Id. P. 11), pasa al análisis de “la Dictadura del Proletariado en los comienzos de su actuación”, (Dict. Ped., p. 37). Su compañero de candidatura en el 31, Balbontín, dirá “nosotros somos comunistas oficiales, no aceptamos la dictadura del proletariado porque iría contra las masas libertarias de la C.N.T.” cita Tuñón y comenta que “este era el punto de Balbontín y sus amigos”. Efectivamente, Infante se declara comunista (Dic. Ped., p.6), en un sentido que luego precisa, pero rechaza esa dictadura porque “reprime el comunismo libertario y fraternal” (Id., p. 45), “desacreditando el comunismo, (Id., p. 64). Centra su crítica en el papel excluyente y déspota de la burocracia y del ejército: “La revolución rusa está degenerando en un comunismo de cuartel que toma las peores formas del burocratismo” (citado por Ruiz Lagos, País Andaluz, p. 135). Dice también: “¿Quiénes son los qe gobiernan y comen en Rusia? Los burócratas y el ejército. Y ¿desde cuándo los proletarios, que antes tenían al burócrata y al militar como zánganos de la colmena social, les han elevado sobre los verdaderos trabajadores, al rango director?” (Dict. Ped., p. 44). Adelantándose en soledad veintiséis años a Milovan Djilas (La Nueva clase, pp. 51-4; 58-9; 61, 83, 101, 117, ed. 57), Infante se alarga en este asunto (ver también Dict. Ped., pp. 36-37 y 44-45). Como medio para superar la contradicción de un gobierno popular antipopular por la presión de “la nueva clase”, propone la educación, La Dictadura Pedagógica, “prolekultur”, que él dice. EN ninguna de sus obras o manuscritos se ha encontrado una sola cita de Antonio Gransci, pero Infante suena a él (ver pp. 60-66; 88-90; 145-146; 167-186 y 191-203 de Dict. Ped.). Aquí, en Orígenes (pp. 91-97) y en sus manuscritos (Manusc. B-212, pp. 7-9, Manusc. C-212, pp. 48-53) avanza veintinueve años antes, ideas de Lorenzo Milani. Incluso, hace sus apuntes anticonsumistas (Dict. Ped., pp. 82-83) y ecologistas (Id., p. 235).
Verdaderamente “entre El Ideal Andaluz (1915) y La Dictadura Pedagógica, se abría un foso profundo que afectaba a dialéctica y praxis” (Ruiz Lagos).
Fuente: IDENTIDAD ANDALUZATags: Blas Infante, Al-Andalus, Andalucía, Nación, andaluces, andalusíes, moriscos